Tahití, Rumbo al triángulo de los Mares del Sur
Tahití
En la otra cara del mundo, en el Pacífico Sur, Tahití y sus islas se esparcen sobre una superficie marítima tan grande como Europa, de cuatro millones de km2. Tahití, Moorea, Bora Bora…el triángulo más deseado de los Mares del Sur.
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En la otra cara del mundo, en el Pacífico Sur, Tahití y sus islas se esparcen sobre una superficie marítima tan grande como Europa, de cuatro millones de km2. Esto nos da una idea de la diversidad de paisajes y contrastes naturales y culturales que se plasman en cada uno de sus cinco archipiélagos: las Islas de la Sociedad, volcánicas y ensoñadoras, con las míticas Tahití, Moorea y Bora Bora; las Islas Tuamotu, compuestas por 76 exóticos atolones coralinos; las Islas Australes, conocido punto de observación de ballenas jorobadas en verano; las Marquesas, de relieves atormentados y una autenticidad intacta; y las remotas Gambier, aún fuera de las rutas turísticas. Hoy ponemos rumbo a las islas con nombres tan evocadores como Tahití, Moorea, Bora Bora…Todas ellas conforman el triángulo más deseado de los Mares del Sur.

Isla de Tahití. (Archipiélago de la Sociedad)

La isla de Tahití es la puerta de entrada a este nuevo mundo, y la más habitada, por lo que es conocida como la Isla Reina. Aquí encontramos al mismo tiempo remansos de paz como lugares animados en los que dejarse contagiar de la alegría y jovialidad de los lugareños, especialmente en su capital, Papeete. Esta ciudad centenaria, cuyo nombre se puede traducir por “agua de la canasta”, se ha desarrollado en torno a su puerto y es el centro administrativo, comercial y cultural de las islas. En un tour a pie se pueden ver los principales edificios públicos, la catedral Notre Dame, el Museo de Robert Wan de perlas negras y, siguiendo el paseo marítimo Boulevard Pomare, un pintoresco mercado que ofrece una amplia variedad de frutas, verduras y pescado fresco de las islas, así como una colorida selección de artesanía, pareos y productos típicos como el acetite de monoi.

Catedral de Papeete. ©J Gallecier. Tahiti Tourisme
Cada tarde el ambiente animado de las 'roulottes' llega a la plaza de Vaiate, cuando estos concurridos puestos de comida despliegan sus terrazas frente a la marina. Aquí se puede probar casi de todo, desde excelente pescado al grill y comida típica tahitiana a platos china o pizzas a precios asequibles. Durante el fin de semana, la noche prosigue en bares y locales con djs o bandas en directo de música autóctona.

Una sorpresa natural

La isla de Tahití tiene una superficie de 1.042 km2, en torno a la mitad de Tenerife, y se compone de dos partes diferenciadas, dos islas unidas por un istmo y que son conocidas como Tahiti Nui (Tahiti grande) y Tahiti Iti (pequeña). La segunda se mantiene más deshabitada y la carretera únicamente llega hasta la playa de Teahupoo.

De origen volcánico, esconde en su interior bellos montes de puntas aceradas, imponentes cascadas, miradores privilegiados y sitios arqueológicos como los “maraes reales” dedicados a sus dioses, que nos acercan a su inquietante pasado. Su pueblo, de raíces maoríes, ha vivido bajo influencias británicas y luego francesas durante muchos años, pero ha mantenido intacto su espíritu gobernado por leyendas y por el ritmo que dictan el sol y las estaciones. De la mano de un guía local se pueden recorrer en todo terreno las angostas carreteras que llegan al corazón de los volcanes, y concertar trekkings de media o una jornada, de dos o de mayor duración enlazando varias islas.

Uno de los circuitos más populares es el ascenso al monte Aorai, el tercero de la isla con 2.066 metros. Puede realizarse sin guía, pero la experiencia siempre será más gratificante si se comparte con algún local conocedor de la zona. Los senderos están bien señalizados y de camino a la cima hay dos refugios para poder hacer noche y disfrutar de la subida sin prisas. La primera parte es suave, comienza en las afueras de Papeete a 600 metros de altitud, cerca de un centro de instrucción militar, y lleva hasta Hamuta, un paso entre valles desde donde admirar una sobrecogedora panorámica. A 1.400 metros dejamos atrás el primer refugio, el “fare Mato”. La segunda parte es más difícil; recorre la cima pasando por la Roca del Diablo y el segundo refugio, “fare Ata”, hasta llegar a un mirador privilegiado donde apreciar la silueta montañosa de la isla hermana, Moorea, en el horizonte.

Canyoning, emoción extrema en Tahití

El relieve abrupto y el cauce de sus ríos es un auténtico regalo de la naturaleza para la práctica de los deportes al aire libre, especialmente para las divertidas excursiones de barranquismo y  canyoning. Acompañados por un guía se puede descender en rápel por magníficas cascadas, sumergirse en manantiales naturales o explorar los ‘lavatubes’, unos túneles de lava en la zona de Hitiaa, en el noreste de la isla de Tahití.

Quad por el monte Rotui de Moorea. ©tim-mckenna.com. Tahiti Tourisme
El surf es otro de los reclamos internacionales de Tahití, especialmente el enclave de Teahupoo es un sitio de culto por la perfección y la fuerza de sus olas, que rompen obre un arrecife en forma de media luna a 700 metros de la costa y pueden alcanzar unos 6 metros de altura en temporada. Los mejores surfistas del mundo se miden cada año en mayo durante la celebración del campeonato Billabong Pro, y para aquellos temerarios pero inexperimentados, hay olas menos agresivas en otros puntos de la costa y varias escuelas de surf que ofrecen paquetes para aprender o perfeccionarse en esas aguas.

Una ruta para mitómanos

En la carretera que bordea la costa de Tahiti Nui, puede descubrirse la apasionante historia del motín de la fragata “Bounty”, recorriendo sus escenarios más significativos. La insurrección sucedió el 28 de abril de 1789 y el resultado ha sido ampliamente retratado en las pantallas por estrellas como Anthony Hopkins, Mel Gibson o Marlon Brando.

Desde Papeete, y bordeando la costa noroeste, la cercana localidad de Arue alberga el museo y antigua residencia del escritor estadounidense James Norman Hall, autor de la conocida novela “Rebelión a bordo” que narra lo ocurrido en la famosa embarcación.

Muy cerca de allí, el mirador de Tahara ofrece una magnífica vista de la isla de Moorea y la Bahía de Matavai, escenario de películas como la protagonizada por Marlon Brando.

Es también parada obligatoria el ‘Point Venus’,  donde se encuentra el único faro de la isla y un monolito conmemorativo que marca el lugar donde el Bounty arribó por vez primera a Tahití. Es  llamado así porque el famoso navegante James Cook lo eligió como el lugar idóneo para estudiar el paso de Venus ante el sol en 1769.

Conduciendo hacia el valle de Papeeno se puede apreciar el tipo de vegetación selvática que crece en este archipiélago y los ‘uru’, árboles del pan cuyo fruto, según los planes del gobierno británico en 1788,  servirían de alimento a los esclavos de las colonias occidentales. La tripulación del Bounty tuvo que esperar seis meses hasta la recogida del fruto; tiempo en que conocieron el paraíso terrenal y quedaron embriagados por los paisajes de Tahití, el tranquilo estilo de vida y la belleza de sus mujeres.

La última parada de la ruta sería en el atolón de Tetiaroa, a 42 km de Tahití. Fue la isla que Marlon Brando adquirió por 99 años y donde se construye actualmente un eco-hotel que llevará su nombre.

Otra forma de conocer la isla, al mismo tiempo que se aprende sobre la tradición de bienestar y salud polinesia, es contratando la excursión “Monoi Road”, una ruta temática sobre este cosmético sagrado -el primero en recibir una Denominación de Origen-, y que se obtiene de la combinación de flores frescas de Tiaré y coco. A bordo del transporte local conocido como ‘truck’ las paradas que se realizan hilan la historia de este producto: desde el Jardín Botánico al Centro de Spa, pasando por un laboratorio y fábrica donde se produce.

 


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Hay más capítulos de este reportaje:
Cap. 1 Tahití, Rumbo al triángulo de los Mares del Sur
Cap. 2 Tahití, guía práctica



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