Itinerario turístico por la Roma Clásica
Italia
En nuestro camino para buscar las antiguas huellas de la civilización romana, lo mejor para comenzar nuestro recorrido por la Roma antigua es empezar por el foro. En esta área nos encontraremos lo mejor de lo mejor de la antigua Roma.
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El foro romano. ¿Qué es?

En nuestro camino para buscar las antiguas huellas de la civilización romana, lo mejor para comenzar nuestro recorrido por la Roma antigua es empezar por el foro.  En esta área nos encontraremos lo mejor de lo mejor de la antigua Roma. La importancia del foro es indudable, tan solo comparable al rol de aquella “plaza” en los antiguos pueblos, donde se encontraban a menudo el Ayuntamiento del pueblo, la iglesia, las escuela o quizás la oficina de Correos. Los romanos creaban espacios públicos parecidos en todas sus ciudades. Solían estar bellamente decorados, con abundancia de estatuas de los notables de la localidad, con basílicas para la administración de justicia, tribunas para los oradores y políticos, un espacio despejado para sus juegos de gladiadores (antes de la popularización de los anfiteatros) y, por supuesto, templos para sus dioses.

Evidentemente, la ciudad de Roma, espejo, principio y fin de la civilización romana, no careció de ellos. Hubo variedad de estos. De los foros dedicados exclusivamente al comercio de un determinado tipo de producto o alimento no ha quedado ningún resto, es el caso del foro Boario, Piscarium o Vinarium, dedicados respectivamente al comercio del ganado, pescado y vino. Pero hubo otros foros en la ciudad, más variados y monumentales, de los que sí nos han quedado interesantísimos restos arqueológicos que han der ser visitados. Están agrupados en dos grandes zonas muy próximas entre sí: el antiguo foro romano y los foros imperiales, divididos hoy por la moderna y amplia “Avenida dei fori impeariali”, que desemboca en el Coliseo, y que toma su nombre por trascurrir por en medio de lo que eran los foros imperiales.

El antiguo Foro Romano, el Monte Palatino y la Vía Sacra
es un sitio histórico y arqueológico de primer orden, en el que restos de maravillosas obras de arte arquitectónico y escultórico se superponen unas junto a otras. El tiempo ha sido cruel con el corazón de la Roma antigua, y pocos son los monumentos y restos hallados en este vastísimo emplazamiento que no muestren el salvaje paso del tiempo y de los pueblos que habitaron la ciudad tras la caída del imperio.  Hay que recordar que no es hasta el siglo XVIII cuando comienza un tímido intento de recuperación de la monumentalidad imperial, ya que la mentalidad vigente la consideraba una cultura pagana indigna de respeto alguno. Todos los edificios del foro fueron usados por el pueblo como fuente de material de construcción  y los propios Papas, como absolutamente todos los edificios del antigua Roma que no tuvieron la fortuna de ser convertidos en iglesias cristianas, destruyeron la mayoría de los edificios no cristianos de la antigua Roma. De hecho, hay un sarcástico dicho entre los romanos actuales que reza que “Lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini” (una importante familia de mecenas del siglo XVI de la que provenía el papa Urbano VIII, un papa que embelleció profusamente el Vaticano usando materiales de la Roma imperial). Como ejemplo del abandono que llegó a padecer la Roma posterior al cristianismo, podemos recordar que, una vez esquilmado considerablemente el foro y sus centenares de edificios, este espacio quedó como una gran explanada con ruinas semienterradas que era usada para el pastoreo hasta bien entrado el año 1700. Aún hoy en día, hay extensas porciones del área (sobre todo la zona del Palatino) que están sin excavar

El emplazamiento del Foro Romano no es casualidad, sino que se trata del valle que quedaba entre algunas de las siete colinas sobre las que se fundó la ciudad. De hecho, en tiempos pretéritos,  este valle no era un sitio muy agradable, pues estaba surcado por diferente cursos de agua que recogían los detritus y  deshechos de los habitantes de las colinas. Fue aún en  tiempos de la monarquía cuando se drenaron dichas aguas y se construyó una de las principales obras de ingeniería de su tiempo: La Cloaca Máxima, que trascurría bajo una larga calle llamada la Vía Sacra, aquel espacio ganado a los malsanos riachuelos. Y sobre ella se fue construyendo un espacio vital y urbano de intercambio de mercaderías entre los romanos de las 7 colinas: el foro, que acabaría imponiéndose, como ya hemos comentado anteriormente, como modelo urbano a todas las ciudades romanas construidas con posterioridad. 

Foro Romano
Este espacio reunió lo mejor y más granado de aquella sociedad: la Roma “oficial”, la de las basílicas donde se oficializaban las transacciones comerciales y se impartía justicia, el de los templos con Dioses que sancionaban los acuerdos tomados y las esperanzas que inflamaban los corazones de los romanos de toda clase e índole. En el foro también se llevaban a cabo los comicios, las elecciones a magistrados o las ceremonias religiosas.

Hoy día hay que tirar de cierta imaginación para poder recrear el esplendor de este espacio, de esta gigantesca plaza alargada que arrancan a las faldas de la colina donde se hallaba el Capitolio (donde se hallaba el monstruoso templo de Júpiter Optimo Máximo) y que, por medio de la Vía Sacra, flanqueada por más templos y basílicas, terminaba junto al Coliseo. Aunque la existencia del Foro en todo su esplendor fue varios siglos después de que los griegos nombraran las 7 maravillas del mundo antiguo, no hay duda de que el Foro Romano hubiera formado parte de ellas, e incluso las hubiera liderado. Hay que imaginar este espacio lleno de construcciones, columnas y estatuas de puro mármol y metales preciosos, casi como una maqueta bruñida y brillante, preñada de maravillosos detalles platerescos, todo construido con el espíritu romano de la búsqueda del placer, hecho para crear belleza, dar esplendor a Roma, hacer que el romano se sintiese orgulloso de pertenecer a la ciudad y que el visitante se quedara sin habla. Por ello, los restos que hoy en día hay en el foro y en su continuación, la Vía Sacra, nos ocuparían para hablar de ellos durante interminables líneas, con lo que nos vamos a centrar tan solo en lo más importante del área.

Aunque hay varias entradas al Foro, nosotros recomendamos comenzar la visita del Foro por este punto, bajando desde el Capitolio (hoy en día llamado “Campidoglio”, sede de la Alcaldía de Roma) y pasando por lo que un día fue el “Tabullarium”, un enorme edificio gubernamental y burocrático, desaparecido totalmente y en cuyo solar se halla un edificio-diseñado por Miguel Ángel de la administración de la ciudad. Lo primero que nos encontramos justo antes de entrar en el Foro por el impresionante Arco de Septimio Severo,  es la conmovedora e interesantísima “Cárcel Mamertina”, en los bajos de la iglesia de San José de los Carpinteros. Al ingresar a la oscura y lúgubre prisión, llamada por los antiguos romanos “El Tulliano”, podemos comprobar que poco tiene que ver con las prisiones de siglos posteriores. Se trata de una simple gruta sin ventilación ni luz con cadenas clavadas en la desnuda y húmeda roca. Para más inri, ahora se sabe que estaba conectada con la Cloaca Máxima para mayor facilidad en la desaparición de los cadáveres de los prisioneros allí llevados. No obstante, hay que decir que no mucha gente pasó por aquí porque sólo los prisioneros importantes se mantenían en la prisión, pues a los criminales no relevantes se les castigaba física o se les condenaba a muerte directamente, cuando no eran condenados a la esclavitud, ya que la ley romana no reconocía la prisión en sí como uno de los tipos de pena. Así pues, estos personajes destacados, habitualmente líderes de pueblos sojuzgados que no admitieron la conversión a la civilización romana, normalmente permanecían encarcelados hasta que se hacía el desfile de la victoria con ellos encadenados y se les estrangulaba en público. Entre los ilustres prisioneros que allí vivieron sus últimos días están los conjuradores ampliamente conocidos por los estudiantes de latín, Yugurta y Léntulo Sura (de la Conjuración de Catilina) o Vercingetorix, principal rival de César en la Galia (otro viejo conocido de los estudiantes de clásicas). Además, la tradición cristiana cree que allí fueron encerrados San Pedro y San Pablo, por ello hay un altar en la gruta consagrada y el lugar es en sí una capilla, la iglesia de “San Pietro in Carcere”.

Saliendo de la Cárcel Mamertina, ingresamos en el foro por el impresionante Arco de Septimio Severo, construido por este emperador, para celebrar el triunfo de éste, junto con sus dos hijos Geta y Caracalla, sobre los partos. Ante este espléndido Arco, ricamente decorado, conviene fijarse en los ricos bajorrelieves porque constituyen uno de los mejores ejemplos de “damnatio memoriae” (destrucción de los recuerdos de un enemigo político derrotado) de toda Roma. Se trata del evidente borrado del nombre e incluso la figura esculpida de Geta por su hermano Caracalla, al que asesinó tras la muerte de su padre en Britania, cuando ambos accedieron al poder para quedar como único emperador. Antiguamente el Arco estaba decorado con letras de bronce, así como una enorme cuadriga encima del arco. El diseño de éste sería copiado por Constantino para hacer su arco.

A su lado se hallaba el bonito Templo de Vespasiano y Tito, del que solamente quedan unas pocas columnas en pie, que era uno de los más pequeños del foro, pues en el siglo I, que fue cuando fue construido, ya no había apenas espacio libre en la zona, con lo que tuvieron que hacerlo más estrecho de lo habitual.

Mucho más importante, también frente al Arco y contiguo a los escasos restos de este último templo, se halla el antiquísimo Templo de Saturno. Era el lugar que hacía de cámara del tesoro de la antigua Roma, que durante siglos guardó el erario público de la ciudad. Actualmente apenas quedan columnas y un frontón, pero esa modestísima imagen se usa icónicamente como símbolo de los restos arquitectónicos de la maravillosa capacidad constructiva de los antiguos romanos. 

Igualmente junto al Arco, aún al principio del foro, se encuentra los importantísimos “Rostra”, la tribuna desde donde los candidatos a magistrados se dirigían al público que se reunían en una pequeña explanada frente a ella llamada “Comitium”.  Hoy tan sólo una desvencijada estructura nos habla de la importancia del lugar, que estaba espectacular y profusamente decorado con las proas y espolones delanteros de naves enemigas derrotadas. Como curiosidad, decir que a ambos lados de los Rostra se encontraban dos hitos básicos para el mundo romano: a la izquierda, entre los Rostra y el Arco de Severo, está el “Umbilicus Urbis Romae”, el ombligo de la ciudad de Roma, que fue el mítico punto desde el cual Rómulo trazó el perímetro de la primitiva ciudad y en donde hizo un pozo en el que depositar la primera piedra. Y a la derecha de los Rostra, el “Millarium Aureo”, una pequeña columna de bronce de menos de tres metros y medio der alto y uno de ancho, mandada construir por Augusto que marcaba las distancias a todo el imperio y de la que hoy sólo queda la ancha base de la columna.

Tan solo un poco más adelante, cruzando a la margen izquierda de la Vía Sacra, se halla la conocidísima Curia senatorial, la Curia Hostilia, el lugar donde se reunían el senado en sus famosas sesiones, tantas veces reproducidas en obras literarias, pictográficas o cinematográficas. Su excelente estado de conservación se debe a que se la convirtió en Iglesia y por ello se salvó de la destrucción segura. Mussolini, gran impulsor de la recuperación del pasado esplendoroso romano, la despojó de todo adorno religioso, con lo que se estima que su actual aspecto debe de ser bastante similar al que tuvo en el siglo IV, a pesar de que los soportales y las arcadas exteriores hace siglos que desparecieron, al igual que la puerta, que se halla en la basílica de San Juan de Letrán. Al ingresar en la Curia, lo primero que sorprende, sin embargo, es que el edificio está muy lejos de aquellas imágenes que atesoramos en la memoria de las películas “de romanos”. A la Curia le faltan las características gradas laterales porque éstas estaban construidas en madera, así como la extraordinaria ornamentación que tuvo en la época, y gran parte del podium del presidente. Es de una extrema sencillez, con poca iluminación, de planta rectangular de unos 20 por 30 metros. La cubierta del techo y el suelo, ricamente decorado, sí es el original del siglo IV. Con todo, resulta interesantísimo visitar el lugar donde se reunían el poderoso e influyente Senado Romano, especialmente influyente en la época de la República, cuando decidían el destino de gran parte de los pueblos que formaban la humanidad hace más de 2000 años. Como curiosidad, no busquen el sitio exacto de uno de los magnicidios más famoso de la historia: el de Julio César, pues no se produjo aquí, sino en el gigantesco Teatro de Pompeyo, hoy casi totalmente desaparecido, donde de forma extraordinaria se celebraban algunas sesiones del senado. Pero de ello hablaremos más adelante.  

A continuación vemos un sinfín de interesantes ruinas, que no son más que  exiguos restos en muchos casos de construcciones monumentales, como la de la Basílica Emilia, junto a la Curia, que fue antiguamente una impresionante basílica de tres plantas y una nave principal de 70 por 30 metros construida en el siglo II antes de Cristo. Las últimas noticias que se tienen de ella son con el saqueo de Roma del bárbaro visigodo Alarico. Frente a ella está el templo de Julio César, construido por su sucesor Augusto tras la divinización de aquel, hoy está prácticamente desaparecido, aunque guarda sin embargo un pequeño tesoro para el visitante: En el hueco del podium se hallan los restos de tierra del altar circular erigido posiblemente en el mismo lugar donde fue incinerado el cuerpo del genial Julio César la noche del 15 de marzo de 44 a C. El pequeño y modesto  túmulo   siempre se halla cubierto de ramos de flores que los visitantes depositan como ofrenda. El Templo fue demolido casi por completo, arrancaron la mitad oriental del podio para que sirviera de relleno de los cimientos de San Pedro.

Algo más allá se encuentra la no menos espectacular Basílica Julia (aún mayor que la Emilia), el Templo de Cástor y Pólux o el interesantísimo Templo de Vesta, un precioso, pequeño  y coqueto templo circular del que se conserva varias columnas y una pequeña porción del lienzo de la pared, y en cuyo interior se conservaba el fuego eterno, velado por las vírgenes vestales, así como varios objetos escondido en el “Sancta Santorum” del templo que aseguraban la grandeza de Roma, como el mítico Paladio troyano o las armas y escudo de Eneas, cuando éste vino de Troya. El Templo de Vesta fue clausurado y vio como su fuego se apagaba por primera y última vez en siglos cuando el emperador Teodosio convirtió al cristianismo en religión oficial del imperio, haciendo desaparecer así la esencia de Roma al erradicar todo lo que había de pagano del mundo conocido en ese momento (no sólo la fe o templos, sino festivales o eventos no cristianos, como los Juegos Olímpicos, por ejemplo).

Al final del foro, y siguiendo la Vía Sacra, nos encontramos un par de edificios igualmente importantes: se trata de El Templo de Venus y Roma, que construyó Adriano en el exacto lugar donde se levantaba una gigantesca estatua de bronce de más de 30 metros que se había erigido Nerón para mayor gloria suya, y que tras la caída del ególatra emperador sus atributos fueron alterados para que representara el Dios Sol. Adriano lo trasladó un poco más allá, junto al Anfiteatro Flavio, por cuya cercanía a la colosal estatua terminó siendo conocido como “Coliseo”. El nombre del templo es un tributo al amor, puesto que Venus es la diosa del amor y Roma al revés de dice amor, si se lee en orden inverso el nombre de este templo, es el templo del “Amor y Venus”. Actualmente hay una pequeña parte del templo que sigue en pie.

Frente a este templo se encuentra el edificio original mejor conservado de todo el foro: el Templo de Antonino y Faustina. El templo, obviamente, se salvó de la depredación humana y la barbarie religiosa porque fue convertido en iglesia cristiana, pues es la iglesia de “San Lorenzo In Miranda”. Así pues, podemos visitar el antiguo templo y visualizar de forma bastante completa como era un templo romano. Además, los expertos coinciden en la perfección formal, la sencillez de línea y el maravilloso remate de la edificación. El templo fue concebido inicialmente como una muestra de amor del emperador Antonio Pío a su esposa, Faustina, a la que solía manifestar sus profundos sentimientos hacia ella (algo muy poco común en las clases dirigentes romanas) y cuya muerte dejó desolado a aquel emperador.
Y junto a éste, el pequeño Templo de Rómulo. Construido en el siglo III, se cree que se construyó en honor a Valerio Rómulo, el hijo amado del emperador Majencio, que murió adolescente. Tras la derrota de Majencio por Constantino, el templo pasó a estar dedicado a Constantino por decreto del senado. El edificio se halla en muy buen estado, pues ya en el siglo VII se convirtió en el vestíbulo de entrada de la iglesia de san Cosme y san Damián. Destaca el portón de bronce de la entrada enmarcado entre dos columnas de pórfido y un rico entablamento de mármol. La puerta es la original, algo realmente sorprendente y destacable. Además, se dice que la cerradura después de dieciocho siglos se halla en buen uso.

Tras estas edificaciones, ya fuera de la plaza principal del foro y siempre siguiendo la Vía Sacra, se hallan otras interesantes edificaciones, como La Casa de las Vestales, muy cerca del Templo de Vesta, que era un gigantesco palacio donde vivían las Vírgenes Vestales, las sacerdotisas del Templo de Vesta. Tenía tres pisos y más de 50 habitaciones construidas alrededor de un elegante atrio alargado o patio ajardinado con una doble piscina. En el pórtico estaban las estatuas de las vestales máximas o supremas sacerdotisas de la orden, situadas sobre un podio, donde se detallaban sus virtudes. Algunas de ellas aún se pueden contemplar hoy en día.  

También es muy destacable la Basílica de Majencio, una enorme basílica construida ya en el siglo IV, hacia el final del imperio cuya planta de 3 naves de 80 de longitud metros serviría como modelo a las iglesias cristianas posteriores. La novedad arquitectónica que supuso la planta en tres naves fue toda una revolución para la época.

El Arco de Tito cierra el extremo oriental de la zona. Se trata de un Arco más pequeño y simple que el de Septimio Severo, en el que se narra de forma muy pictórica la conquista de los judíos. Es destacable uno de los bajorrelieves en el que se ven las tropas de Tito saqueando de Jerusalén el candelabro de 7 brazos sagrado para los judíos y lo que parece ser el arca de la alianza, de ser así, la última prueba objetiva de su existencia.

Desde el Arco de Tito se pude seguir recto un poco más hasta el final de la Vía Sacra, saliendo del foro y desembocando en el  Coliseo o se puede torcer hacia la derecha hacia el Monte Palatino. Y esto es lo que haremos. Como hemos dicho, esta colina que asciende levemente al sur del Foro fue el primer asentamiento romano. En ella la tradición sitúa la Lupercal, la cueva donde la loba amamantó a Rómulo y Remo.  Por ello, vivir en el Palatino era lo más “Chic” desde tiempos de la monarquía.  Las clases pudientes se construían sus lujosas mansiones aquí, y es aquí donde los emperadores, en el periodo del imperio,  se construyeron sus palacios.

La propia naturaleza de las construcciones del Palatino (Palacios, mansiones, villas lujosas…) las convirtieron en objetivo principal y pasto de la rapiña humana, pero los restos de las construcciones, aún despojadas de su magnificencia y sus mármoles, merece la pena la visita. La zona se puede visitar con un ticket aparte (el mismo ticket que el del Coliseo). En la zona, desolada en su mayoría, muestra sin embargo 4 restos de construcciones muy interesantes: La residencia de Livia, la influyentísima esposa de Augusto (la crítica feminista del siglo XX llegó a considerarla el “alma matter” del imperio romano), que cuenta con algunos interesantes frescos. Situada cerca de la casa de Livia está el templo de Cibeles, actualmente, al no estar aún totalmente excavado,  no está abierto al público. También podemos encontrar los restos pertenecientes a la Casa de Tiberio o, sobre todo,  la Domus Flavia, palacio en razonable estado de conservación en el que residieron Vespasiano, Tito y Domiciano, construido posteriormente  a los nombrados con anterioridad, y que por ello se llegó a extenderse por la mayoría del Palatino sobre los restos anteriores. Junto al palacio de Septimio Severo se halla el Hipódromo Domiciano. También podremos ver aquí los restos del Templo de Apolo, el Anfiteatro del Palatino, etc.…

Desde el borde de esta colina, se puede observar al otro lado el lugar donde se hallaba el Circo Máximo. El mayor  estadio de la antigüedad, dedicado antiguamente a las carreras de carros, deporte que apasionaba a los romanos de cualquier edad y condición. Algunos autores elevan hasta 250 mil los espectadores que cabían en este gigantesco lugar. En la pista cabían hasta 12 carros y los dos lados de la misma se separaban con una mediana elevada llamada la spina. En cada extremo de la spina estaba colocado un poste de giro, la meta, en torno al cual los carros hacían peligrosos giros a gran velocidad. Un extremo de la pista se alargaba más que el otro, para permitir que los carros se alinearan al comienzo de la carrera. Allí había verjas de salida o carceres, que escalonaban los carros para que todos ellos recorrieran la misma distancia en la primera vuelta. Se conserva muy poco del Circo, con la excepción de la pista de carreras, hoy cubierta de hierba, y la spina. Algunas de las verjas de salida se conservan, pero la mayoría de los asientos han desaparecido, sin duda por haber sido empleada la piedra para construir otros edificios en la Roma medieval.

El Arco de Constantino y el Coliseo

Abandonando el Palatino en dirección al Coliseo, nos encontramos con el espectacular Arco de Cosntantino. Maravilloso prólogo al legendario anfiteatro. El Arco es muy singular por varias razones, no solo por su belleza. Es el único arco construido para celebrar el triunfo de romanos sobre otros romanos. Si los de Septimio o Tito sirvieron para glorificar a Roma sobre otros pueblos, Constantino, el primer emperador cristiano, lo hizo para glorificar su victoria sobre su rival, el emperador Majencio (referido como “El Tirano” en el Arco), en la Batalla del puente de Milvio, que le permitió usurpar el poder. Esta batalla fue clave en la historia de Roma, porque a raíz de ella Constantino acabaría por abrazar el cristianismo (dijo tener un sueño en el que el signo de los cristianos le favorecía en la batalla) en un camino que conduciría a esta religión a la cúspide del poder de Roma, tendencia que le ha seguido desde entonces hasta hoy en día. El arco de Constantino es el más moderno construido en la Antigua Roma. Sin embargo, otra de las peculiaridades del mismo es que no es original, sino que es una copia del de Septimio y además está confeccionado con materiales y decoraciones provenientes de la destrucción de templos y otras construcciones antiguas que exaltaban los dioses paganos, que Constantino destruyó para hacer la estructura deseada. También fue tristemente pionero en eso entre los mandamases cristianos, como ya hemos comentado de los papas medievales y renacentistas con anterioridad.

Y detrás del arco, a apenas 200 metros…el tremendo Coliseo. Declarado como una de las 7 maravillas del mundo “moderno” según la Unesco en 2007, es el monumento más icónico de Roma, Italia y uno de los iconos más conocidos del mundo. Era denominado como “Anfiteatro Flavio”, por haber sido construidos por esta dinastía imperial, pero por la presencia junto a él del enorme coloso dorado (el que Adriano  trasladó a la proximidad del Anfiteatro, como ya dijimos antes), terminó siendo conocido como “Coliseo”.

Aunque nunca antes se había construido un Anfiteatro tan grande en todo el imperio (siendo exclusivamente para luchas de gladiadores o fieras, se consideraba que si el espectador estaba demasiado lejos perdía detalle de la refriega), el Coliseo no era ni de cerca la estructura más grande de Roma. Ni siquiera la estructura para espectáculos más grande, pues el Circo Máximo era mucho más grande y tenía más del cuádruple de capacidad. El aforo del Coliseo era para 50.000 espectadores, con ochenta filas. El orden era ascendente respecto a la cercanía de la arena. Los que estaban cerca de la arena eran el Emperador y los senadores, y a medida que se ascendía se situaban los estratos inferiores de la sociedad.

Foro Romano
Su construcción duró sólo dos años, entre el 70 y 72 d C, bajo el emperador Tito, algo increíble si tenemos en cuenta el desafío tecnológico, y las enormes innovaciones que supuso este edificio y la ingeniosidad e inteligentes resortes que contenía dentro. Su inauguración duró 100 días, participando de ella todo el pueblo romano y muriendo en su celebración decenas de gladiadores y fieras. Su uso se fue diversificando, y no sólo se usó para los ludi gladiatori (luchas de gladiadores) o venationes (caza de animales), sino que también se realizaron espectáculos como naumaquias (inundaban totalmente la arena de agua varios metros de profundidad y hacían batallas navales). Además, servía de magnífico patíbulo para los condenados a muerte. También se hacían  recreaciones históricas incruentas de famosas batallas de la antigüedad, e incluso hay evidencias de su uso esporádico como escenario de grandiosas obras de teatro.

El Coliseo estuvo en uso durante 5 siglos, celebrándose los últimos juegos de la historia en el siglo VI, un siglo después de la caída del Imperio romano en Occidente, lo que nos viene  a decir que incluso los bárbaros respetaron, más o menos, el edificio. A continuación, en la alta edad media comenzó el lento pero imparable proceso de destrucción del Coliseo. El edificio dejó de ser usado como anfiteatro y pasó a ser una fortaleza para terminar siendo directamente una cantera donde se extrajo abundantísimo material para la construcción de otros edificios, religiosos y civiles. Una vez más, hasta que la iglesia no lo consideró uno de sus templos no cambió la suerte para el Coliseo. El Antiguo Anfiteatro Flavio fue convertido en santuario cristiano, en honor a los prisioneros ejecutados allí durante los primeros años del Cristianismo y que son considerados como mártires por la iglesia católica. Gracias a ello, se detuvo su expolio y comenzó a protegerse. No hay evidencias de que los cristianos que, según los clásicos, fueron ejecutados en la arena, lo hubiesen sido precisamente en este lugar, pero debido a su uso como lugar de ejecución, se supone que aquí morirían algunos de ellos. Más alejado aún de la realidad es el creer que fueran ejecutados aquí aquellos mártires que se consignó que fueron asesinados “en el circo”, ya que el Circo no tiene nada que ver con el Anfiteatro, error que persiste hoy en día en muchas personas.

La visita al interior del Anfiteatro es asequible (unos 12 euros) y totalmente imprescindible. Aunque gradas, arena y adornos están totalmente desaparecidos, es muy instructivo ver las galerías, estructuras, pasillos y corredores que deja al descubierto su ausencia, y poder maravillarse de las “entrañas” de aquella bestia que devoraba vidas humanas para la diversión del pueblo más civilizado que durante siglos ha pisado la faz de la tierra.

Los foros imperiales

Saliendo del coliseo y dirigiéndonos a la Via dei Fori Imperiali, retornamos el camino hacia el foro, pero esta vez vamos a cambiar de acera para ver los pequeños foros que hay enfrente, los foros Imperiales.

Creados tras la saturación del antiguo “Foro Romano”,  son en realidad 5 foros o “plazas del pueblo”. Primero Julio César construyó el suyo, frente a éste último. A su vez, con la saturación de sus funciones, sucesivos emperadores construyeron el suyo, contiguo al anterior: Augusto,  Nerva y el emperador español Trajano.  

A diferencia de la Vía Sacra y el antiguo foro romano, estos 4 foros son más pequeños y diáfanos, explanadas vacías rodeadas de columnatas y bellas estructuras, creadas para albergar a miles de personas, un poco como si de pequeñas “plazas de San Pedro”, en el Vaticano, se tratara.  Sin embargo, el actual trazado de la ciudad y de la importante arteria de comunicación que transitamos, la “Via dei Fori Imperiali”, secciona éstos y solo podemos observar los restos. De hecho, el primer Foro imperial construido (y rematado por Augusto, debido a su repentina muerte) fue el de Julio César, y este se hallaría bajo la carretera, quedando apenas un pequeño resto en forma de unas columnas al otro lado de la vía, minúsculo ejemplo de la magnífica columnata doble que rodeaba al mismo por tres de los cuatro lados. En el cuarto lado había un bonito templo de Venus y, en mitad de la plaza, una estatua ecuestre de propio Julio César. La razón de que César construyera su foro tan cerca del Antiguo Foro era puramente propagandística: para que su foro estuviera junto al antiguo foro romano y la Curia, casi al pie del importante Monte Capitolino.

El primer foro que nos encontramos viniendo desde el Coliseo es el Foro de Nerva, breve emperador que accedió al poder mayor y que murió de un accidente cardiovascular. Sólo reinó dos años, pero lo hizo en medio de la edad de oro de la Roma imperial, tras la gran dinastía Flavia, e instaurando otra gran dinastía: la Antonina, ambas provenientes de la nobleza de fuera de Roma en vez de la aristocracia urbana. Podremos ver pocos restos de este foro, el tercero en construirse, por la misma razón por la que tampoco podemos disfrutar del de César: por la moderna construcción de la calle principal. De todas formas, este era el foro imperial más pequeño, pues era un estrecho rectángulo junto al Foro de César. Sólo se conserva la pared oriental del extremo norte, con algunos frisos y capiteles superiores. Decir, como curiosidad, que el Foro fue proyectado e iniciado por Domiciano, el predecesor de Nerva, pero tras la muerte de aquel, éste tuvo la oportunidad de inaugurarlo…y cambiarle el nombre al suyo propio.

A continuación vemos el Foro de Augusto, el segundo foro imperial  en construirse. Contenía un gran templo a Marte, el dios de la guerra, donde eran depositados todos los objetos representativos de los ejércitos derrotados. También en ese templo se realizaba la ceremonia de la “toga virilis”, ceremonia que marcaba el paso del niño al hombre. Quizás lo más destacado del foro eran las 10 estatuas que flanqueaban el peristilo. Como curiosidad, decir que colindante a la parte de atrás de este foro, comenzaba el abigarrado, peligroso e infame barrio de la Suburra, donde habitaban las clases más bajas de Roma. Al ser sus viviendas de madera, el fuego estaba la orden del día, con lo que se levantó un enorme muro cortafuegos, aún visible parcialmente hoy en día, para evitar que aquellos frecuentes fuegos afectaran a este marmóreo y delicado foro.

Pero de los cuatro foros imperiales, el mayor, mejor y más conservado es el último de ellos: el Foro de Trajano. Nacido en un el sur de España, Trajano fue posiblemente el mejor emperador de la historia de Roma, por lo menos fue uno de los más queridos y sensatos, así como el que supo extender sus fronteras más lejos. Pero sus aciertos no fueron solo en materia de política exterior. También supo dictar leyes razonables y justas, a demás de embellecer la ciudad. Su foro fue el más extenso, construido con el dinero que había conseguido con el botín de sus conquistas. Para ello, tuvo que eliminar una parte de la colina Quirinal y las faldas de la Capitolina para hacerle sitio. Además del enorme y consiguiente espacio libre que le daba el nombre a la construcción, su foro contaba con una estatua ecuestre del emperador de un tamaño tremendo, que no sobrevivió a la caída del imperio. También había una Basílica, la Basílica Ulpia, una de las más grandes y bellas construidas hasta ese momento, cuyos mármoles se arrancaron y usaron posteriormente para construir las iglesias colindantes, hoy en día solo quedan algunas columnas que atestiguan su existencia. El foro estuvo en uso hasta bien entrada la edad media. Se retiraron sus suelos de mármol y todo lo valioso, y se lleno de grava para su uso, quizás por ello nos han llegado casi intactos dos elementos de este espacio: Primero, la Columna de Trajano. Una bonita y altísima columna en la que se narran en una tira en espiral de bellos bajorrelieves la historia de la antigua Dacia (hoy Rumanía). Esta columna, que está intacta hoy gracias a que en la cúspide de la misma se sustituyó la imagen del emperador y se puso un San Pedro en el siglo XVI, guardaba las cenizas del emperador en una urna de oro, hoy desaparecida. Como curiosidad, la columna tiene exactamente la altura que tenía la elevación desmontada en el Quirinal para hacer el foro: 38 metros. El otro elemento que podemos ver hoy en día es El Mercado Trajano. Se trata del primer gran centro comercial cubierto del mundo y es fruto del genio e imaginación de Apolodoro de Damasco, el que es considerado, junto con Marco Agripa, el mejor arquitecto de Roma. El mercado estaba constituido por seis niveles: los tres inferiores estaban destinados a tiendas que comerciaban con aceite, vino, pescados y mariscos, frutas y verduras y otros alimentos. El conjunto llegó a poseer 150 tiendas y contiene galerías porticadas y calles interiores, muy identificables con las galerías de un centro comercial actual. Los niveles superiores del mercado albergaban oficinas administrativas. Hoy en día está musealizado y su visita es casi obligatoria.   

La vía del Teatro di Marcelo y el Foro Boario

Siguiendo calle abajo, pasando por el Monumento a Victor Manuel II y bajando por la calle del Teatro de Marcelo, nos encontramos a mano izquierda dos interesantes hitos. En primer lugar, las largas y bellas escaleras que nos conducen al Campidoglio, antigua colina Capitolina, que contiene algunos maravillosos ejemplos del renacimiento y barroco romano del que nos ocuparemos en la segunda parte de este reportaje.  Y unos metros más allá, en esta acera izquierda, un curiosísimo ejemplo de una Ínsula romana, aquellos edificios de varias plantas, pioneros y antepasados directos de nuestros edificios modernos, aunque con pocas ventanas y aun menos terrazas que los actuales.

A pocos minutos más hacia abajo, y en la acera derecha, nos encontraremos con el Teatro de Marcelo, y pegado justo antes de él, los restos del antiquísimo templo de Apolo Sosiano. Del siglo V antes de Cristo, era muy venerado, especialmente por aquellos que tenían alguna enfermedad, pues decían que su culto era muy milagroso. En algunas etapas de Roma, el senado se llegó  a reunir aquí. Hoy   solamente quedan 3 columnas de 14 metros, que muestran signos de restauración del siglo III de nuestra era. Junto a ella, el Teatro de Marcelo recuerda en primera instancia al Coliseo. Con las arcadas, el semicírculo y la piedra travertina (la misma que la del Coliseo) desnuda, arrancado su revestimiento de mármol, es fácil de donde viene el nombre de “Anfiteatro” o “doble teatro”. Por fuera tienen un parecido asombroso. El teatro, construido por Augusto y nombrado en honor de su sobrino Marcelo, muerto a temprana edad, tenía capacidad para casi 20.000 espectadores, fue el segundo más grande de Roma, tras el gigantesco de Pompeyo. Fue inaugurado a toda prisa para estrenar las famosas composiciones poéticas del poeta Horacio en sus “juegos seculares” (Las fiestas del siglo). Prueba de que no estaba totalmente terminado es que el día de la misma, el asiento de Augusto cedió y se rompió, sin graves consecuencias para éste. A mediados del siglo fue abandonado, dada la poca pasión del nuevo cristianismo por las artes escénicas, y comenzó la habitual fase de demolición por los picapedreros. En el siglo XII fue usado como fortaleza, lo que lo salvó de la destrucción total, y a partir del siglo XIII la cávea (las gradas) se convirtió en Palacio. De hecho, el interior del teatro es, como se puede ver en el tercer piso anexo, una casa renacentista, permaneciendo exclusivamente el exterior como recuerdo de su origen.

Antes de continuar nuestro paseo bajando la “Via del teatro di Marcello”, nos desviaremos unos pasos hacia la parte trasera del teatro de Marcelo para ver el Pórtico de Octavia. Se trata de una construcción porticada en el que se celebraban procesiones civiles y que también tenía una gran sala que hacía las funciones de biblioteca. Fue construido por Augusto en el año 27 antes de Cristo y estuvo dedicado a su hermana Octavia.

Retornando a la Vía del Teatro de Marcelo, siguiendo hacia abajo,  nos encontraremos a unos minutos el gran ensanche del lugar donde se hallaba el antiguo y totalmente desaparecido Foro Boario. En él, junto al mítico río Tíber, podemos encontrar 3 elementos interesantes. Primero, una de las puertas del Foro Boario, el único rastro de su perímetro, a mano izquierda, llamado El Arco Quirinal, (el arco de Jano). Es un pequeño arco solitario, despojado de todo adorno pero que era uno de los pasos para entrar en el foro del ganado y con un poco de imaginación uno pude imaginar los centenares de carros que entraban y salían a diario para dar servicio a la gran ciudad.

Además del Arco, hay dos pequeña joyas arquitectónicas que han sobrevivido milagrosamente a lo largo de más de dos milenios. Los únicos edificios en el entorno del foro Boario que nos han llegado. El primero de ellos es el Templo de Portuna, erróneamente llamado durante generaciones “Templo de la Fortuna Viril”, pero que se cree hoy en día que estuvo dedicado al Dios de los puertos: Portuno. Construido originalmente en el siglo I antes de Cristo, como el lector habrá deducido, su conservación se debe a que desde el año 872 fue la iglesia de Santa María Egipciaca, patrona de las prostitutas, y posteriormente, pequeño monasterio a partir del renacimiento. En el siglo XX se desvistió de todos los elementos arquitectónicos posteriores, devolviendo casi por completo el aspecto original.

El otro templo muy bien conservado es el Templo de Hércules Víctor, erróneamente llamado durante siglos “Templo de Vesta”, confundiéndolo con el Templo del foro debido a su estructura redonda. Fue construido en el 120 antes de Cristo y restaurado por Tiberio en el siglo I de nuestra era. Es el templo romano más grande que conserva su revestimiento de mármol (parcial) y fue sede de diversas iglesias desde la edad media, por ello su aspecto es prácticamente idéntico al que tuvo en la Antigua Roma, con excepción del tejado, añadido muy posteriormente. Como curiosidad, decir que a pesar de estar en el corazón del Foro del ganado, en la antigua Roma tenía la fama de que ni moscas ni perros entraban nunca en él.

Fotos y Texto Antonio Pérez Gómez - abcViajes.com


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Poblaciones del reportaje
Italia » Lacio » Roma » Roma
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Comentarios:
anónimo 16-12-2012
Qué gran artículo
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Pedro 12-12-2012
IMPRESIONANTE
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