Galicia - Rías Gallegas, ruta por el Golfo Ártabro
España
Las rías de A Coruña, Betanzos, Ares y Ferrol se hallan situadas en el noroeste de Galicia. En su conjunto el sector se conoce como Golfo Ártabro, nombre proveniente de los habitantes que, antes de la llegada de los romanos, habitaban el sector
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LAS RÍAS GALLEGAS: GOLFO ÁRTABRO


El rasgo más singular de la costa de Galicia es la presencia de las rías. Se trata de brazos de mar que se introducen en el continente creando un litoral recortado. En su génesis unas se vieron favorecidas por la existencia de una intensa red de fracturas de desgarre que facilitaron la penetración del mar y marcaron su diseño, caso de las Rías Baixas; otras se corresponden con la parte inferior de antiguos valles fluviales anegados, como sucede con las de Ortigueira, Ribadeo, Foz o Ferrol y, unas terceras, como la Ría de Arousa, son antiguas fosas tectónicas. Todas contienen en su interior una amplia gama de paisajes que son fruto tanto de los factores del medio natural como, de manera especial, de la labor secular de los hombres y las mujeres a lo largo de la historia.

La diversidad del roquedo que introduce numerosos matices en los paisajes gallegos, en los de las rías adquiere rasgos peculiares. Tanto el granito como las rocas pizarrosas o esquistosas ofrecen una tonalidad distinta en la orilla del mar, especialmente al atardecer, cuando el sol se oculta en el horizonte creando una autentica cabalgata de colores, de tonalidades, de ambientes... Los colores rojizos del crepúsculo crean un escenario mágico al fundirse con las tonalidades anaranjadas que adquieren ciertos tipos de granitos o con las plateadas de las pizarras.

Pero no sólo la roca se convierte en protagonista en la costa. También lo hace el clima que se materializa, en cualquier estación, en días de luz diáfana, brillante, que resalta las formas, mostrándolas al visitante, o, especialmente durante el otoño y el invierno, en días cubiertos de una capa nebulosa que, al difuminarlas, genera ambientes misteriosos, llenos de una teatralidad y de una belleza que no puede menos que impactar al visitante. Por ello, las rías son dignas de ser visitadas en cualquier época del año.

Sin embargo los paisajes de las rías no se explican únicamente en clave natural. Es necesario hacerlo en clave humana analizando la labor modificadora de siglos de historia; de labrar la tierra; de aprovechar los recursos del mar; de construir aldeas, villas y ciudades en la franja marítima; de trazar caminos y puertos; sendas y campos de cultivo. Una labor de siglos de lucha, y dependencia de los recursos y, al mismo tiempo, de domesticación de lo natural que ha traído consigo un amplio mosaico de estampas cromáticas.

Esta simbiosis entre el hombre y su medio ha creado, sin duda, algo irrepetible: una sociedad que ha construido durante miles de años para sí un mundo distinto, un mundo mítico-mágico presente en leyendas y tradiciones, en fiestas religiosas o paganas; un mundo vertebrado por un discurso y un idioma propio que, indisolublemente unido a una naturaleza privilegiada, ha sobrevivido hasta hoy.

Porque los gallegos han sabido extraer de la tierra y del mar, sus dos despensas, los más exquisitos productos: unas ochenta variedades de pescados, una docena de variedades de crustáceos, más del doble de moluscos de concha, quince variedades de carne, sin contar la caza, la docena y media de variedades de verduras y hortalizas, la docena de variedades de vino, frutas, etc...

Dentro de esta Galicia única, pero plural en sus hábitos, espacios y costumbres, las rías ofrecen posiblemente la aventura más gozosa para el viajero. A lo largo de los 1.400 km de costa existen kilómetros de arenales -772 playas- o de espectaculares tramos acantilados que se convierten en la puerta de entrada de la Galicia más profunda. Porque las Rías Gallegas son caminos del mar que confluyen siempre en caminos de la tierra, a veces anchos -en forma de autopistas, autovías o carreteras- pero a veces simples senderos de a pie que conducen al visitante atento y curioso a las humildes casas campesinas y marineras o a los suntuosos pazos de aldea; a las pequeñas capillas o los monumentales monasterios; a las fiestas y bailes populares; en fin, a la Galicia misteriosa.

No se puede olvidar, por otra parte, que en Galicia ni la tierra ni el mar han sido nunca fronteras. Desde el siglo IX, el Camino de Santiago, el Camino Francígeno de las Crónicas, nos ha enseñado lo que es la Hospitalidad y en esta escuela de afecto y generosidad hemos vivido durante más de mil años. Este sentimiento hoy está racionalizado, convertido en infraestructuras, industrias y servicios, pero mantiene en la mayoría de los casos el aroma de la vieja hospitalidad.

Los gallegos, institucionalmente o en forma privada, han realizado un gran esfuerzo pensando en el visitante para poder ofrecerle una amplia de gama hoteles, balnearios o casas de turismo rural; de puertos deportivos, de campos de golf o de espacios para congresos.

Todo ello para que los que nos visiten disfrute de una tierra privilegiada, de un auténtico PÓRTICO DE LA GLORIA.

GOLFO ÁRTABRO

Las rías de A Coruña, Betanzos, Ares y Ferrol se hallan situadas en el noroeste de Galicia. En su conjunto el sector se conoce como Golfo Ártabro, nombre proveniente de los habitantes que, antes de la llegada de los romanos, habitaban el sector -el pueblo ártabro- y del puerto que dominaba este amplio conjunto de rías, el Artabrorum Portus.

Las rías del Golfo Ártabro dibujan, en cierta medida, una hoja marina que se incrusta en tierra: la de Ferrol se estira ligeramente hacia el nordeste, igual que la de Ares, mientras que las de Betanzos y A Coruña lo hacen hacia el sur.

En su conjunto constituyen una unidad socioeconómica que se asienta en las ciudades de A Coruña y Ferrol, apoyada por villas de gran tradición como Sada, Betanzos, Pontedeume, Ares, Mugardos, Fene, Neda o Narón.

La riqueza de paisajes que surgen tanto de la presencia del mar como de la gran cantidad de ríos que desembocan en él, después de atravesar profundas gargantas, como de una dilatada historia, las convierten en lugares privilegiados para el visitante.

La costa, por lo general baja y rocosa, se halla salpicada de numerosas playas muy bien dotadas. Las numerosas villas y aldeas que jalonan sus riberas ofrecen al visitante la posibilidad de disfrutar tanto del baño como de las visitas a numerosos centros históricos y monumentos de interés así como de degustar una variada gama de platos típicos en los que los pescados y mariscos tienen un papel primordial junto con la repostería.

Los castillos de San Antón y Santa Cruz en la ría de A Coruña, San Felipe y A Palma en la de Ferrol; las iglesias románicas de Cambre, Bergondo o Breamo; los pazos de Meirás o Meirama; los monasterios de Caaveiro o Monfero o los conjuntos monumentales de Betanzos o Pontedeume son buenos ejemplos de la riqueza artística de las rías de este sector.

RÍA DA CORUÑA

La Ría da Coruña se abre entre la Punta do Seixo Branco por el este y Punta Herminia por el oeste y se alarga hacia el sur hasta la desembocadura de río Mero. Por el oeste aparece flanqueada por la península sobre la que se asienta la ciudad de A Coruña mientras que por el este la ría bordea una costa ondulante que se estira hacia el Seixo Branco.

La intensa humanización del territorio se manifiesta en la profunda transformación de las riberas y en un poblamiento continuo que tiene como núcleo de atracción la ciudad herculina, que tiende sus tentáculos económicos bastante más allá de su propia ría, convirtiéndose, sin duda, en la ciudad rectora del Noroeste de Galicia.

Abrazando la Torre de Hércules, uno de los faros más hermosos de España y el más antiguo en funcionamiento del mundo, A Coruña se abre al mar por medio de una sinfonía de madera y vidrio que la convierten en la Ciudad de Cristal. En su interior hermosas estampas labradas en piedra, iglesias, palacios, rías encantadoras que son la delicia de cualquier visitante.

Todo en esta ciudad evoca al mar. Vista desde el cielo parece que va a desprenderse para volver a convertirse en la isla que fue hace miles de años.
Desde la época romana vivió del comercio marítimo y hace apenas doscientos años todavía el mar lamía las viejas casas de A Mariña y Los Cantones. Sus puertos comercial, pesquero y deportivo la consolidan en su vocación marinera. Su paseo marítimo no ha hecho más que aproximar la ciudad a este balcón del Océano, que es su mar. Su torre de Hércules es el logotipo en piedra prendido para siempre en la retina de cuantos visitan esta ciudad.

La ría estaba antiguamente defendida por los castillos de Santa Cruz, levantado en el siglo XVII, emplazado en el islote de su nombre, y por el de San Antón, construido en el siglo XVI, y en la actualidad convertido en Museo Arqueológico de A Coruña.

El puerto de A Coruña, que mantiene la primacía en el sector de la pesca, especialmente en la de altura, que fue históricamente su principal fuente de ingresos, es además importante por su actividad comercial.

RÍAS DE ARES E BETANZOS

Las Puntas Coitelada, por el norte, y la Punta Torrella, por el sur, flanquean la entrada de un tronco de mar que se introduce hacia el oeste bifurcándose en dos rías, -una hacia el nordeste, otra hacia el surque, como la de A Coruña, son de pequeña extensión: Ares y Betanzos.

Su situación, así como su configuración cerrada, motiva la existencia de unas condiciones climáticas privilegiadas caracterizadas por la suavidad de sus temperaturas y por unas precipitaciones moderadas que explican la importancia que en las riberas adquieren los cultivos de huerta o el viñedo.

En estas tierras, llamadas As Mariñas, se combina a la perfección el desarrollo turístico con la mejor tradición histórica y artística materializada en los cascos antiguos de Betanzos o Pontedeume, en la Terraza de Sada, en el voto de Chanteiro, iniciado en el siglo XV, o en la Iglesia románica de Bergondo, que dan fe de la pujanza de unas tierras en las que se impusieron los blasones de la casa de los Andrade.

Betanzos o Pontedeume constituyen conjuntos de enorme interés artístico, con centros históricos dignos de visitar, compuestos por calles estrechas y, en algunos tramos, con soportales, a los que se asoman hermosos edificios de piedra granítica en forma de iglesias o fortalezas medievales, como Santa María do Azougue o San Francisco, del siglo XIV, en la primera o el Torreón dos Andrade, construido entre 1370 y 1380, en la segunda.

Redes ofrece la silueta única de un pueblo pescador acodado al mar, Ares es villa turística lo mismo que Sada que, además, es la capital del ocio de la comarca, y posee las Torres de Meirás en sus inmediaciones, palacio que habitó Doña Emilia Pardo Bazán y luego el general Franco, mientras que Miño se convierte cada año en el lugar de llegada de muchos visitantes en busca de su playa.

RÍA DE FERROL

Alargada de oeste a este, la ría de Ferrol diseña el perfil de una espada marina que se incrusta en el continente. A su boca, estrecha, le sigue un angosto cañón que se abre camino de la desembocadura del río Grande de Xubia en donde vuelve a estrecharse.

El cabo Prioriño y la Punta do Segaño son sus límites más occidentales. Cuando el navegante traspasa las puntas del Vispón y Redonda, la ría abre sus horizontes y adquiere una forma ondulante con las ensenadas de O Baño, Mugardos y O Seixo en su ribera meridional y A Malata, Caranza y As Aceas en la septentrional.

La privilegiada configuración de la ría determinó su elección como centro neurálgico de la Marina de Guerra española en el siglo XVII. Este hecho condicionó su vida económica. Hubo que construir los castillos de San Carlos, San Cristóbal, San Felipe y de A Palma para su defensa. De ellos únicamente los dos últimos se conservan en buen estado.

En su margen septentrional se emplaza Ferrol, sobre un relieve plano que asciende suavemente hacia el norte entre los barrios de Canido y Serantes.El barrio de la Magdalena, fruto de la racionalidad urbanística del s. XVIII, se adapta a la geometría natural de líneas que se cortan. Ciudad marítima e industrial, sus mejores edificios están en relación directa con la Armada.

Los astilleros y los servicios de abastecimiento de la Marina y los cuarteles, provocaron la atracción de Ferrol sobre su comarca que, progresivamente, fue perdiendo sus señas de identidad. La misma ciudad, a partir del siglo XVIII, adquirió una racionalización geométrica que se plasma en el Barrio de la Magdalena, quedando arrinconado el viejo Ferrol, íntimo y marinero.

A pocos kilómetros de Ferrol se encuentra la espléndida playa de Doniños orientada hacia el mar abierto. Asociada a ella, se ha generado la laguna de Doniños, un precioso paraje natural.

En torno a la ría, pese a su intensa transformación, aún se pueden encontrar hermosas estampas marineras. Es el caso de las villas de Mugardos, que se ciñe a la forma redondeada de su ensenada, A Graña, Fene, Neda o Narón que todavía conservan bellos rincones. Otro tanto sucede con las aldeas de pasado marinero como O Seixo, San Felipe o Maniños.

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