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Región de Murcia
Murcia - El Mar Menor, un sueño de arena y salitre, islotes y viento
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El Mar Menor no existe. Es una entelequia. Si acaso existen muchos mar menores, una miríada de pequeños universos que dan forma a éste que todos vemos. Existe un Mar Menor por cada estación, otro diferente por cada día del año, uno por cada hora.


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región de murcia, murcia - el mar menor, un sueño de arena y salitre, islotes y viento

UN SUEÑO DE ARENA Y SALITRE, ISLOTES Y VIENTO


“Hay muchos marmenores, está el Mar Menor de Primavera, luminoso y salino, azul por los cuatro costados y vivo en el color de la retama”

El Mar Menor no existe. Es una entelequia. Si acaso existen muchos mar menores, una miríada de pequeños universos que dan forma a éste que todos vemos. Existe un Mar Menor por cada estación, otro diferente por cada día del año, uno por cada hora. Está el Mar Menor de las tardes de otoño, pleno, dorado, lleno de crepúsculos almagres vestidos de silencios y melancolías. Es el más íntimo. Luego está el Mar Menor de primavera; luminoso y salino, azul por los cuatro costados y vivo como el color de la retama. Y está el Mar Menor de las tardes soporíferas de verano, un telón de plata que funde en la calima mar llana, horizonte plano y cielo cegador para sumir después a la laguna en un letargo placentero ante la atenta mirarla de un niño que se baña.

Vista aérea del Mar Menor desde el pico del Águila.
La mayor laguna salada de Europa es una quimera. Un sueño de arena y salitre, islotes y viento. El anhelo de un deseo. Mar calma, aura pálida, de la que apenas despuntan cinco peñascos volcánicos como hocicos de animales mitológicos que descansaran su panzuda figura bajo las cálidas aguas. Sus nombres: Perdiguera, Redondela, Ciervo, Mayor y Sujeto. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, asevera el refranero popular. La del Mar Menor la bendijeron en tiempos remotos tribus paleolíticas que dejaron un buen esturreo de puntas de flecha, tallas de sílex y huesos en sus correrías por estas costas. Pero la verdadera historia del Mar Menor empieza con los fenicios, que comerciaron en abundancia con estas costas y, sobre todo, con la llegada de las huestes romanas. Los del Imperio, que nunca tuvieron un pelo de tontos, se percataron de las bondades de esta bahía tranquila y segura, a la que llamaron Belich, y establecieron en ella pesquerías e industrias de salazones. En sus puertos encontraban refugio incluso barcos de gran calado, pues por aquella época la manga de arena que ahora cierra la ensenada no existía. O al menos, no como ahora la conocemos. La actual fisonomía del Mar Menor es un capricho que la Naturaleza creó hace poco más de 1.000 años (anteayer, geológicamente hablando), cuando la acumulación de sedimentos marinos sobre una pequeña cordillera submarina, continuación de los cerros volcánicos que dieron forma a Cabo de Palos, alcanzó la altura suficiente para emerger de las aguas y cerrar la ensenada con una barrera de arena.

Cálida playa para dorarse al sol o descansar bajo la sombra de las palmeras
El cronista árabe El Edrisi también llama a la laguna interior Belich y confirma que, al menos en el siglo XI, las golas que lo separaban del Mediterráneo eran más anchas, pues se refiere a él como "un gran estanque, formado por el tributo de muchos torrentes y ceñido por arenosos cordones litorales, en el cual entran los navíos”. Tras la reconquista, Alfonso X cedió a su hermano el Infante Juan Manuel la Albufera, como denominaban los mapas portulanos de la época al Mar Menor, “en cuyos márgenes estaban las ruinas de los alcázares, la encañizada y la isla Grosa y se cogía mucho mújol con unos artificios que eran corrales de cañas” (las actuales encañizadas). Comoquiera que D. Juan Manuel se rebeló contra el poder real, el rey Sabio le despojó de todos sus privilegios, incluida la posesión del Mar Menor, que pasó a depender de la ciudad de Murcia, “para que pudiesen utilizarla y servirse de ella los de la ciudad libremente”, según consta el privilegio expedido en Sevilla el 13 de enero de 1321.

Salinas de Cabo de Palos
Una de las más extensas y antiguas descripciones históricas de La Manga, la hace el bachiller Fernández de Enciso en su Suma de geografía, en 1519: "Del cabo de Palos se sigue dentro de la mar una cinta no sólo admirable, pero prodigiosa. Va corriendo hacia el norte por espacio de cinco leguas hasta el Pinatar, término de Murcia, por donde vuelve a abrazar la tierra. Tiene de latitud por lo menos ancho una milla, comúnmente media, y por lo más estrecho trescientos pasos". Enciso cita también las islas del Ciervo, la Redondela, la isla de los Conejos y la Perdiguera. De la Grosa, ya en el mar mayor, dice que es "ladronera de corsarios" y que en las encañizadas se pesca "el regalado mújol, que por privilegio real es propio de la ciudad de Murcia", además de lizas, anguilas, doradas, salmonetes y lenguados.

Los torreones defensivos del Rame y del Estacio eran eslabones de una red defensiva que avisaban a los moradores de la presencia de navíos enemigos. Cuando los romanos asomaron por estas costas, la manga de arena que ahora cierra la ensenada no existía.

Torre del Rame, en los Alcázares
Por aquella época, la laguna era, junto con Cartagena, una de las principales zonas piscícolas del reino y surtía los mercados locales de atunes, lechas, mújoles, bonitos y congrios y sardinas. Los siglos XV y XVI vieron desfilar por las riberas marmenorenses muchas velas enemigas. Piratas berberiscos y moros del Argel asolaban regularmente estas costas, colándose por las encañizadas y atacando las poblaciones de la costa occidental de la laguna. De aquella época son los torreones defensivos del Rame y del Estacio, eslabones de una red defensiva que trataba de avisar a los moradores de la presencia de navíos enemigos. Los habitantes de las alquerías cercanas a la costa, diezmados por los ataques, se retiraron al interior y gran parte del Mar Menor quedó deshabitado. La reducción de la actividad corsaria y el paulatino cierre de las golas ( en 1787 el geógrafo Valdés escribía en su Derrotero que la “faxa o cinta de arena que cierra” el Mar Menor era lo suficientemente alta y ancha como para que no pudieran introducirse en él las naves del Mediterráneo, por lo que “todo aquel campo vive seguro de invasiones de moros”) devuelve la tranquilidad a la comarca, que recupera su papel protagonista en la economía regional, principalmente por sus industrias de pescados y salazones. En aquella época, según documentos recogidos por Vargas Ponce, había en el Mar Menor una embarcación de vela latina y 32 de pesca.
Era una de las principales zonas piscícolas del reino.

Caballito de mar entre las aguas tranquilas. Mar Menor

FLORA Y FAUNA MARINAS.


El fondo del Mar Menor es un lecho de materiales arenosos. Esto determina también las peculiaridades de su vegetación marina, pues sólo unas pocas especies, como las algas fanerógamas clorofíceas, logran adaptarse a este tipo de sustrato. Entre las praderas de clorofíceas y entre la fina capa de arena conchífera que tapiza el suelo de la laguna vive una fauna muy peculiar y característica del Mar Menor. La especie más singular es el langostino, apreciadísimo por su fino paladar y muy difícil de conseguir, aunque quizá la más sorprendente sea la ostra, molusco habituado a establecerse en fondos rocosos, pero que aquí en el Mar Menor ha sido capaz de adaptarse a las arenas conchíferas. Suelen verse también caballitos de mar navegando con su porte elegante entre las aguas tranquilas. Los adultos fijan su cola a la base de las plantas submarinas; los alevines se adhieren a las hojas flotantes muertas.

Pueden observarse también entre las praderas de fanerógamas agujas de mar, invertebrados similares a las angulas que se mimetizan perfectamente con las algas. La fauna piscícola está íntimamente ligada al funcionamiento de las golas o encañizadas y al intercambio a través de ellas de aguas y especies animales entre los dos mares. Las sardinas entran solo de forma transitoria, pero especies como las anguilas o la dorada, que viven la mayor parte del tiempo en el Mediterráneo, se introducen en la albufera para desovar. Otros, como las agujas o los boquerones se cuelan a menudo para alimentarse, mientras que la presencia de congrios y lechas es tan solo accidental, pues no suelen gustar de aguas templadas y tranquilas.

Planta acuática
Entre los pobladores fijos hay que citar a chirretes, magres, mújoles y salmonetes, que se encuentran, y nunca mejor dicho, como peces en este agua cálida y rica en sales. Entre las rocas viven zorros y blénidos.

LO MAS NATURAL. CALBLANQUE Y LAS SALINAS DE SAN PEDRO

Dos siglos de presencia humana, no pasan en balde. La morfología de la laguna salada ha ido evolucionando al ritmo que le imponía el hombre, de manera que lo que el visitante encontrará hoy es un paisaje muy distinto al que Alfonso XI describía en su Libro de montería, cuando sus riberas estaban pobladas de densos bosques de robles y encinas: "Este monte (Cabo de Palos) es cerca del mar, et cerca está una isla que entra en el mar et dura bien una legua (la isla Grosa), et hay en ella muchos venados". Un mapa portulano del siglo XIV describía al Pinatar como "un buen monte de puerco en invierno", mientras que Jerónimo Hurtado, en su Descripción de Cartagena y su puerto, afirmaba que en medio de la laguna se encontraban "dos islillas con muchos conejos y como poco usados a seguillos por el peligro de los moros, casi los matan a palos, que no uyen de los perros". Hoy, sin embargo, el grueso de la fauna marmenoreña se refugia en sus dos espacios naturales emblemáticos: las salinas de San Pedro, en el extremo norte de la laguna, junto al puerto de San Pedro del Pinatar, y el parque natural de Calblanque, en la ladera sur de la sierra que da forma y vida al cabo de Palos. Las salinas, declararlas Parque Regional en 1985, forman el humedal más importante de toda la Región. Un mundo natural y bien conservarlo de dunas, saladares y playas infinitas donde el viajero no necesitará forzar mucho la imaginación para hacerse una idea de cómo fue la laguna en sus orígenes.

Calblanque
ECOSISTEMAS MEDITERRÁNEOS.

Las Salinas de San Pedro del Pinatar, declaradas Parque Regional en 1985, forman el humedal más importante de toda la región, donde miles de aves migratorias hacen escala en su tránsito entre África y Europa. Las salinas son una especie de aeropuerto intermedio para miles de aves miradoras que, conocedoras del buen clima y la paz que se respira por estos pagos, hacen escala en ellas durante su ruta anual. Algunas, incluso, en vista de lo bien que se vive aquí, se quedan todo el invierno. De todos estos turistas ocasionales, los más famosos, por su envergadura y, sobre todo, por su llamativa indumentaria, son los flamencos rosados, que en bandadas de cientos cubren las charcas marmenorenses de un llamativo tapiz rosáceo cada otoño. Con ellos llegan también chorlitos, garza real, martín pescador, achibebes, andarríos, vuelvepiedras y un sinfín más de aves que convierten a las salinas de San Pedro en un escenario ideal para los amantes de la naturaleza. Para poder observarlas con detenimiento se han habilitado un observatorio y centro de interpretación de la naturaleza, con mapas, fotografías e información, así como dos itinerarios para realizar a pie. Caminar por ellos es como asistir a una clase magistral de botánica a cielo abierto.

Molino de la Calcereta. Las Salinas de San Pedro
Los saladares, con sus plantas bien adaptadas a terrenos cargados de sales, colonizan las orillas de los canales y los estanques salineros; los barrones, el cardo marino, el lirio de mar -con sus bellas y aromáticas flores- y la barrilla espinosa se asientan sobre las dunas de fina arena. Junto a ellas, los pinos carrascos cumplen con la tarea de proteger la banda arenosa del viento marino, aunque en el titánico esfuerzo pierdan su porte rectilíneo por otro mucho más retorcido.

Si las salinas de San Pedro son un paraíso ornitológico, en el otro extremo de la laguna, Calblanque ofrece todo un modelo de ecosistema mediterráneo sin contaminar. Playas arenosas, acantilados y dunas fósiles de gran interés geológico se reparten por igual en esta banda costera cercana a Cabo de Palos en la que los restos de algunas explotaciones mineras y dos núcleos de pequeñas casas cúbicas y encaladas -Covaticas y La Jordana-son los únicos vestigios de que por aquí antes pasó el hombre. Las antiguas lagunas naturales del Rasall, reconvertidas a principio de siglo en salinas y posteriormente abandonadas, han vuelto a su antigua ocupación como cobijo de aves acuáticas y limícolas.

De Calblanque llaman la atención sus largas y doradas playas, más solitarias conforme se alejan del aparcamiento habilitado en el centro de información, muy frecuentadas por los amantes del nudismo, y su gran variedad de especies vegetales, todas adaptadas a un clima seco y extremo, que parece más propio de la otra orilla del Mediterráneo que de ésta. La carretera de acceso, que se toma en la autovía de La Manga, a la salida de Los Belones, lleva basta el centro de información, en el que facilitan mapas con itinerarios recomendados para recorrer a pie uno de los escasos espacios vírgenes del Mediterráneo español.

Las Salinas del Rasall
EL MAR MENOR. CLIMA PRIVILEGIADO.

Puestos a hablar de tópicos cabría aquí el de que en el Mar Menor siempre es primavera. Pero cualquiera que conozca sus bondades climatológicas sabrá que en este caso el apósito parte de una premisa más que cierta. Qué se podría decir si no de un lugar tan privilegiado en el que la temperatura media es de 17º C, con medias mensuales durante junio, julio, agosto y septiembre de 21º C. Los inviernos marmenorenses son cortos y suaves, con los termómetros encasillados en torno a los 10º C de media, lo que hace que no sólo los flamencos de las salinas de San Pedro aniden aquí en invierno. Cada vez es mayor la población de nacionales y extranjeros que han elegido estas cálidas playas para un retiro dorado. Para los incrédulos aún hay más datos: la pluviometría apenas llega a 300 litros por metro cuadrado y las horas de sol anuales pasan de 3.000, lo que quiere decir que, con toda seguridad, 320 días al año brillará el sol. ¿Quién da más?

LAS AGUAS MÁS SALUDABLES.

Balneario en La Ribera
El Mar Menor es una laguna hipersalina. La fuerte insolación y su aislamiento de las corrientes mediterráneas convierten a la laguna en un enorme balneario de tratamientos termales al aire libre, apto además para todas las edades y todos los bolsillos. Las aguas marmenorenses presentan elevadas concentraciones de magnesio, calcio, sodio, bromo, yodo y flúor, elementos que, aplicados en tratamientos termales, producen un efecto osmótico en los tejidos intersticiales del cuerpo humano, con la consiguiente activación del sistema sanguíneo. Se consiguen así efectos benéficos en la eliminación de toxinas cutáneas y una relajación muscular muy apropiada para casos de artritis, reúma, tendinitis y patologías relacionadas con las articulaciones. Esas particulares condiciones de sol y salinidad han propiciado también el depósito de lodos muy apropiados para tratamientos terapéuticos en diversas zonas de la laguna, pero muy especialmente en Las Charcas (Lo Pagán), en el extremo norte de la laguna. Los lodos marmenorenses, de fina granulometría y elevada concentración de cationes calcio, magnesio y potasio y aniones cloruro y sulfato, basan su eficacia en su gran poder absorbente, capaz de neutralizar la acidez y estimular la cicatrización, por lo que su uso está indicado en patologías de la piel, como abscesos, flemones, llagas y forúnculos, además de en tratamientos antiinflamatorios, reumatismos, artritis, gota y rehabilitaciones después de fracturas óseas.

Baño en las aguas marmenorenses
Existen varios centros de tratamientos termales con hidroterapia:
-En Los Alcázares, Pensión-Balneario La Encarnación, -Telf. 968 57 00 04.
-En Lo Pagán, apartamentos Aguas Salinas, -Telf. 968 18 41 36.
-En Santiago de la Rivera, Centro de talasoterapia Sol y Mar, -Telf. 968 18 70 92.
-En La Manga,hoteles Cavanna, -Telf. 968 56 44 31 y Entremares, -Telf. 968 56 31 00
-En Los Urrutias, hotel Sol y Mar, -Telf. 968 13 43 66

LAS FIESTAS. BRILLO, MAGIA, COLOR Y PASIÓN.

El calendario festivo del Mar Menor suele comenzar el año arropado por zambombas y mazapanes, belenes de terracota y ríos de papel de plata que marcan el inicio de la Navidad y de las cabalgatas de Reyes Magos que llenan de aires orientales las calles de Santiago de la Ribera, Lo Pagán y Los Alcázares.

Se inicia así una agenda gozosa que prácticamente va a llenar de luz y alegría todas las estaciones marmenorenses. La romería a la ermita de San Blas, en San Javier, el 3 de febrero, con sus concursos de paellas y sus degustaciones gastronómicas, es un puente tendido para alcanzar esa magia de lujo y desenfreno que es el carnaval. Carnestolendas las hay en todos los pueblos del Mar Menor, con desfiles, chirigotas, concursos y disfraces. Cada año, una localidad es la encargada de acoger la gran cabalgata final.

A tiempo de lujuria, le sigue tiempo de Pasión. Llega la Semana Santa y las calles de Cartagena, San Pedro del Pinatar y Cabo de Palos sirven de escenario para decenas de desfiles pasionales. Los de Cartagena, declarados de Interés Turístico Nacional, están marcados por la marcialidad de los penitentes, el lujo de las túnicas y la rivalidad entre las cofradías marraja y california, que hacen de todas las procesiones, pero en especial de las de Miércoles Santo y del Encuentro, en la madrugada del Viernes al Sábado, un derroche de exquisitez y suntuosidad. Es semana más larga de Cartagena fiesta local por antonomasia. En San Pedro se celebran varias procesiones: destacando la de las Palmas, el Domingo de Ramos del Cristo del Mar Menor, el Miércoles Santo, la del Encuentro, el Jueves Santo; la del Santo Entierro, la noche de Viernes Santo, y, finalmente, la del Resucitado, el Domingo de Resurrección. En Cabo de Palos, en cambio sólo hay una, pero vibrante y emotiva: la del Cristo de los Pescadores, el Jueves Santo. Tras la Semana Santa llegan la primavera y las fiestas patronales de muchas localidades.

Niño tocando el tambor en Domingo de Ramos. Semana Santa de Cartagena
San Isidro Labrador se festeja el 15 de mayo en Pozo Aledo, pedanía de San Javier, mientras que San Juan es convenientemente recordado el 24 de junio en San Javier y San Pedro con carrozas, charangas, verbenas y quema de fallas en los barrios de ambas localidades. La pólvora y las ganas de diversión no acaban, sin embargo, en el municipio pinatarense, porque en un suspiro llega el 29 de junio, San Pedro, patrón de la localidad, y la urbe vuelve a llenarse de verbenas, carrozas y barracas típicas. Julio, con la canícula en pleno apogeo y las playas a rebosar de visitantes, es el pistoletazo de salida para todo un reguero de festejos veraniegos que, prácticamente, van a tener al Mar Menor en puro jolgorio durante dos meses, como el festival La Mar de Músicas, en Cartagena, o los certámenes de habaneras, teatro y trovo de Cabo de Palos, Los Urrutias y otras localidades. El día 16, embarcaciones de Lo Pagán, Santiago de la Ribera, Los Urrutias, Los Nietos, Los Alcázares y demás localidades costeras se echan a la mar en una curiosa procesión marinera en honor a la Virgen del Carmen, con la patrona alzada en la proa de la nave principal. El 25, festividad de Santiago Apóstol, La Ribera se engalana para festejar a su santo con fuegos artificiales, procesiones y verbenas, y durante todo el mes de agosto, San Javier celebra su famoso Festival Internacional de Teatro, Música y Danza, un certamen pionero en la Región que logra convocar anualmente a primeras figuras del mundo del espectáculo en el Auditorio Municipal. En agosto también, durante la primera quincena, se celebran las Fiestas del Mar de Los Alcázares, con una romería marítimo-terrestre y verbenas que enlazan, sin dejar respiro al cuerpo, con la Semana de la Huerta, la fiesta grande del municipio, que con sus barracas huertanas, bailes regionales y degustaciones gastronómicas recuerda su condición de playa huertana de Murcia. Esa misma semana, La Manga disfruta de competiciones deportivas, veladas troveras y verbenas, mientras que el día 25, el vetusto monasterio de San Ginés de la Jara ve llegar una romería de tartanas y calesas desde la cercana Ciudad Departamental. Hacia mitad de mes, el mercado modernista de La Unión acoge al Festival Internacional del Cante de las Minas, considerado el más importante certamen de cante flamenco que se celebra fuera de las fronteras andaluzas. Como se ve, el mes vacacional por excelencia llega y se va cargado de actividades.
El final de la temporada veraniega lo marca una celebración muy original y mediterránea: la de Cartagineses y Romanos, en Cartagena, un recuerdo lúdico de la fundación de la ciudad que incluye campamentos de ambas huestes, declaración de guerra, arenga de Aníbal a sus tropas y batalla por la toma de la ciudad.

Cartagineses y Romanos, una celebración muy original. Un recuerdo lúdico de la fundación de la ciudad de Cartagena
Octubre, que aún es buen mes para la fiesta, trae el día 7 a la Virgen del Rosario a El Mirador, otra pedanía de San Javier, y el 12, el Día del Caldero a Los Alcázares, cuando todas las peñas cesteras se reúnen la víspera del día de la Autonomía Municipal en la playa para dar buena cuenta del plato marmenorense por excelencia. San Javier convoca el 3 de diciembre fiestas patronales en el municipio homónimo con espectáculos de luz y sonido, verbenas y actos culturales, y la Purísima Concepción hace lo propio el día 8 en Los Narejos. Ambos santos sirven de anuncio y convocatoria para una nueva Navidad y de cierre de oro para un ciclo anual de ritos festivos y populares enraizados en el corazón de los marmenorenses. De nuevo es tiempo de mazapanes y zambombas. Tiempo de iniciar otros 365 días de fiesta.

Procesión marítima de la Virgen del Carmen, Lo Pagán
ADRENALINA CON SEGURIDAD.

¿Una piscina gigantesca en la que se puedan hacer deportes náuticos sin peligro? Existe. Se llama mar menor y ofrece a los amantes de la vela, del esquí náutico o del buceo unas posibilidades ilimitadas. Aquí no hay que estar pendientes del parte meteorológico, ni abrigarse como para una expedición polar antes de embarcar, ni esperar a los días centrales del verano para encontrar condiciones idóneas para la navegación.

En el Mar Menor se navega los 365 días del año y en cualquier tipo de embarcación. La ausencia de olas grandes y la imposibilidad de encontrar corrientes traicioneras hacen de él el escenario ideal para la navegación placentera y para que los más pequeños se inicien en la vela. ¿Imagina a sus hijos manejando su propia embarcación en unas aguas seguras, donde las posibilidades de un golpe de mar o de una súbita tempestad son nulas? El centro de alto rendimiento Infanta Cristina, ubicado en Los Narejos, ofrece a los deportistas de élite el lugar ideal para sus entrenamientos. Para los windsurfistas, las brisas continuas que genera el cabo de Palos aseguran días de viento intenso y favorable, pero sin la incomodidad de un mar bravío. Más de una docena de escuelas de vela y piragüismo, agrupadas en la Estación Náutica Mar Menor, se encargan de ofrecer actividades náuticas durante todo el año, con ofertas que incluyen también el alojamiento y el material necesario para el aprendizaje. Muchos de estos centros ofrecen también actividades submarinas y cursos oficiales de buceo. Aunque abundan los fondos y los pecios en todo el litoral, los más apreciados por los buceadores se localizan en torno a las islas Hormigas, puntas rocosas que afloran frente al cabo de Palos cuyo valor ecológico le han valido la declaración de Reserva Marina Integral.

Como todo no va a ser pasado por agua, los aficionados a otros deportes encontrarán en todas las localidades costeras pistas de tenis, polideportivos, campos de fútbol, baloncesto y balonmano, gimnasios..., además de las lujosas instalaciones del Club de Golf La Manga, donde se pueden hacer 18 hoyos rodeado de uno de los parajes más sorprendentes de todo el litoral murciano.

Practicando vela en el Mar Menor
GASTRONOMÍA. CALDERO Y MUCHO MÁS.

El mújol fue siempre el pescado más apreciado del Mar Menor. El recetario marmenorense tiene un líder destacado: el arroz en caldero, plato humilde de pescadores, sabroso y nutritivo donde los haya, que exige para su mayor gloria la presencia de mújol, dorada y otros pescados roqueros de los que abundan en esta laguna mágica. Aunque, para ser justos, habrá que añadir a la lista de ingredientes el concurso de dos productos de la tierra, el pimentón y la ñora, afín de que la nave de tan suculento plato llegue a feliz puerto. El caldero lo hacían antiguamente los pescadores en un perol de hierro -de ahí su nombre- sobre las brasas de algas en la misma arena de la playa, cociendo el arroz con un buen fondo de pescado en el que no pueden faltar las cabezas.

El mújol fue siempre el pescado más apreciado del Mar Menor. De él decía el licenciado Cascales que era "un pescado muy regalado, importantísimo para su regalo como para su venta, pues le vale (a la ciudad de Murcia) cada año cuatro mil ducados, y algunos años más, y se vende a mucho menos precio de lo que vale". Se suele preparar, como la dorada, al horno, encostrado en un duro envoltorio de sal. Además de estas dos especies, el catálogo piscícola del Mar Menor incluye los célebres langostinos, tan escasos como apreciados, además de magre, lobarro, salmonete, chirrete y lenguado, todos con la grata particularidad de aportar al plato una carne mucho más gustosa y sabrosa que la de sus homónimos del Mediterráneo, debido a la alta concentración en sales del medio en el que han crecido. Para el aperitivo, no hay duda: mojama de atún y hueva de mújol, dos ricos salazones curados con ese sol rutilantemente azulado y mediterráneo que tanto fascinó a griegos y romanos, padres del invento. Cortadas a lonchas muy finas y acompañadas de almendras fritas y un buen vino blanco son un entrante digno de un banquete celestial.

Langostinos del Mar Menor
Sin embargo, una de las especialidades más típicas del Mar Menor es el pastel de Cierva. La receta recaló en San Javier gracias al cocinero de un barco salinero ruso, y mezcla sabiamente lo dulce y lo salado, la pasta flora de harina, manteca y azúcar con el suave relleno de carne de ave y huevos duros. Y para postre, salteadores, tocino de cielo, pan de Calatrava y rollos de jerez, bien acompañados de un asiático, el café con leche del Campo de Cartagena, un brebaje fuerte y dulzón que se elabora con café, leche condensada, un buen chorro de coñac y un poco de canela.

ESCENARIOS URBANOS. CALLES DE ARENA Y AGUA.

Más que pueblos, las localidades del Mar Menor son retazos de nostalgia colgados en la calígine pesada de una siesta de agosto. Pueblos de silla de anea y tertulia nocturna. De veraneos eternos a la sombra de un toldo de rayas azules y blancas. De modorras sesteras y partidas de dominó. De brisa marina que refresca el aire espeso de la tarde cuando ya los claroscuros del ocaso pintan la laguna de destellos bermellones y almagres. Por la mañana, las calles de Los Alcázares, de San Javier, de San Pedro o de La Manga son como un patio fresco recién regado, apto para el saludo y el belmonte mañanero, para ir a comprar pescado o churros al quiosco de la esquina. Al mediodía, cuando el sopor de la temperatura aletarga las voluntades, las localidades costeras brujulea hacia el Oriente para convertirse en cauce de una riada de niños con cubos y palas y familias con sombrillas en busca de esa inmensidad que es el mar. Por la noche cambian los actores, pero no el escenario, y esas mismas calles pasan a ser terraza animada, proscenio de una vida que se hace en la calle, a cielo abierto, en torno a una conversación, a una cena, hasta que el aroma lozano de la madrugada anuncia que la jornada ha terminado y que, aunque sea un poco, algo habrá que dormir.

La Ribera, Club Náutico
De Los Alcázares se sabe que fueron los árabes, grandes amantes de los placeres sensuales, los que establecieron en estos dominios algunas casas palaciegas (los al-kasar), en las que disfrutar de los baños terapéuticos de los que ya antes habían disfrutado sus antecesores, los romanos. Jerónimo Hurtado describía en 1584 así el lugar: "Frente a la torre de la encañizada hay una casa antigua, fuerte para lanza y escudo y a par de ella muchos aljibes antiquísimos de agua de lluvia para proveerse todo el campo y ganados de aquella parte; llámense estos aljibes de los Alcázares y las casas de los Alcázares".

Orígenes menos remotos, aunque igual de novelescos, tiene San Javier —que nació en torno a una ermita levantada en honor al santo en un cruce de caminos a comienzo del siglo XVII, cuando las incursiones berberiscas dejaron de ser una amenaza—, y San Pedro del Pinatar, el Pinatar para los libros de historia, en referencia a los grandes bosques de pino que tapizaban la zona y a los que los nobles murcianos acudían a cazar venados. De San Pedro fueron siempre famosas las salinas del Coterillo, explotadas ya por los romanos, y su puerto, uno de los más activos de esta parte del litoral.

La Manga, litoral mediterráneo
Las localidades del Mar Menor son retazos de nostalgia. Los Urrutias, Los Nietos, Islas Menores, Mar de Cristal o Playa Honda, en la zona sur, son núcleos íntimos y coquetos, de baños eternos. Pero, al igual que ocurre con el paisaje, hay muchos mar menores distintos según la tipología del veraneo. Los Alcázares es la playa de la huerta y de los huertanos, bulliciosa y jaranera, que con la ampliación hacia Los Narejos ha ganado en universalidad. San Javier y Santiago de la Ribera son, dicen, los lugares preferidos por los murcianos capitalinos y los madrileños, que acuden por centenares al arrullo placentero de sus aguas tranquilas y sus recién remozados arenales. Algo parecido ocurre en Lo Pagán, la playa de San Pedro del Pinatar, urbe tranquila y acomodada de veraneos familiares, sin agobios ni sobresaltos. Como Los Urrutias, Los Nietos, Islas Menores, Mar de Cristal o Playa Honda, en la zona sur, núcleos íntimos y coquetos, de baños eternos, paseos en bicicleta y largas noches en el cine de verano, eso sí, bien provisto de bolsas de pipas y bocadillos de tortilla. Enfrente, a modo de contrapeso, se sitúa La Manga, que es sinónimo de cosmopolita e internacional, de marcha nocturna y megadiscotecas que se convierten, cada canícula, en verdaderos templos de la modernidad.

HAY MUCHOS MAR MENORES DISTINTOS.

La Manga es el Mar Menor de la noche, de la fiesta. La imagen más chispeante de una comarca entregada al ocio y al descanso, con la particularidad de contar con playas de todas las características: tranquilas y apacibles en la vertiente del Mar Menor, como la del Pino, El Pedrucho, El Galán..., o bravas y animadas, en la fachada mediterránea, como la Punta del Pudrimel, La Caleta, Punta de Algas o Los Valientes. Claro que particularidades no faltan en la comarca. En San Pedro, localidad mitad pesquera mitad agrícola, murió D. Emilio Castelar, el genio de la elocuencia, en la coqueta Casa del Reloj, cuyos exteriores y jardines aún pueden visitarse en la avenida del Dr. Artero Guirao. En Los Alcázares se encuentra el último balneario romántico del litoral, La Encarnación, cuyas bañeras de mármol llevan dando cuidados termales a sus clientes desde nada menos que 1904.

Por no hablar de Las Charcas (Lo Pagán), verdadero santuario de los tratamientos terapéuticos a cielo abierto, donde pacientes de diversas dolencias encuentran alivio enlodándose en sus negros barros. San Javier, centro administrativo de importancia, tiene 16 kilómetros de sus costas mirando al Mar Menor y otros 16 volcados al Mediterráneo. Cerrando la bahía por el sur aparece Cabo de Palos, blanco y adormilado sobre el espinazo volcánico que da vida al cabo más famoso del litoral murciano.

La Cala del Pino, en La Manga
Al pueblo y al cabo lo corona la silueta maciza del faro, diseñado como escuela de fareros en 1865; de ahí su voluminoso primer cuerpo. Si el catálogo de excelencias locales no fuera suficiente, al viajero siempre le queda la oportunidad de completar la visita acercándose a La Unión y Cartagena. En La Unión y su Sierra Minera, 20 siglos de actividad extractora han forjado un paisaje irreal de castilletes oxidados y viejas instalaciones industriales olvidadas entre montañas de estériles ocres y amarillos. A pocos minutos del Mar Menor, el litoral mediterráneo ofrece una colección de calas y rincones de ensueño.

CARTAGENA. 2.500 AÑOS DE HISTORIA.

Cartagena es una ciudad abocada a su puerto. Esa misma rada segura y tranquila a la que los griegos llamaron KoinÈ Polis, en la que amarraron barcos fenicios, cartagineses, romanos y bizantinos, donde se arbolaron armadas imperiales y que saquearon piratas berberiscos o ingleses. Por eso, cualquier paseo que se precie empieza por esa amplia explanada portuaria, recién recuperada con jardines y zonas peatonales para el uso urbano, en la que un monumento homenajea a los héroes de la batalla de Cavite, en Filipinas. Desde este punto se ven las principales fortificaciones que hicieron de Cartagena una plaza casi inexpugnable: el fuerte de Navidad y los castillos de Galeras, San Julián y Atalayas. Tras la plaza queda el Ayuntamiento, obra cumbre del modernismo cartagenero, una corriente artística de principios de siglo que legó a la ciudad algunas de sus mejores viviendas, como las casas Llagostera y Cervantes, en la calle Mayor; el Gran Hotel, en la contigua plaza de San Sebastián; el palacio Aguirre, en la plaza de la Merced, y otros palacetes diseminados por toda la geografía urbana.

Cerámica de origen griego. Museo Arqueológico de Cartagena
Con 2.500 años de vida a sus espaldas, Cartagena es una ciudad construida sobre capas de la historia; por eso, apenas se hurga en su subsuelo, aparecen los restos de un pasado eminente. La plaza de los Tres Reyes, la calle de la Morería o la calle del Duque muestran restos de antiguas calzadas y viviendas romanas.

Cartagena, a nueve kilómetros de la costa del Mar Menor, es un libro abierto de historia en el que 2.500 años de civilizaciones, batallas, ruinas, murallas, castillos e iglesias dan vida a una de las ciudades más importantes del litoral español. Fue Asdrúbal, el caudillo cartaginés que desembarcó en esta segura bahía en el año 223 A.C., quien fundó la urbe y la nombró capital del imperio peninsular de Cartago. Los romanos, al mando de Escipión, la conquistaron en el año 209 de nuestra era, la rebautizaron como Cartago Nova y la convirtieron en uno de los centros comerciales y políticos más importantes de todo Occidente.

En la calle de la Soledad, la Sala Municipal de la Muralla Bizantina exhibe restos de un lienzo de muralla que en un principio se atribuyó a los de Bizancio, pero que posteriores estudios han datado como romana. Pero el más espectacular de los hallazgos arqueológicos se produjo hace un par de años, cuando bajo unos edificios antiguos derruidos en el casco antiguo apareció en buen estado de conservación un magnífico teatro romano, joya de la arquitectura civil del siglo I, al que ya se realizan visitas guiadas y que ha transformado la fisonomía de esta zona de la ciudad. Quienes deseen profundizar aún más en la densa historia urbana encontrarán en sus museos Arqueológico, Naval y de Arqueología Submarina, la crónica cartagenera escrita en rancias piedras.

Cartagena es una ciudad peatonal, fácil de abarcar al suave ritmo del paseo. Subir por las Escalericas o la Cuesta de la Baronesa hasta la Catedral Vieja o deambular por las calles de Jara o de Cuatro Santos, frescas y mundanas a cualquier hora del día, es la mejor manera de empaparse de cartagenerismo, que es una forma de entender el tiempo lleno de paciencia y sabiduría.


Casa Maestre, fachada principal

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Zona
España Mediterráneo
Europa
 
Tipo de viaje
sol y playa

Poblaciones del reportaje
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