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Aude - El Catarismo
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La palabra "cátaro" se emplea corrientemente para definir diferentes elementos reales y otros tantos "imaginarios".


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EL CATARISMO, LA CRUZADA ALBIGENSE. LOS CASTILLOS DEL AUDE PAÍS CÁTARO


Hoy, un País Cátaro. Ayer, Países Cátaros.


La palabra "cátaro" se emplea corrientemente para definir diferentes elementos reales y otros tantos "imaginarios". A mediados del siglo XII, el término "cátaro" fue utilizado por la Iglesia católica para designar a los miembros de una comunidad de "apóstoles itinerantes" que había condenado por primera vez en Bonn y Colonia, en Renania. Las comunidades "cátaras" se infiltraron muy pronto en diversas regiones de Europa occidental (Flandes, Borgoña, Champaña, Inglaterra) bajo diferentes nombres (piphles, negociantes, tejedores, patarinos, bribones, albigenses). Sin embargo, es en el Midi francés actual y en las poblaciones del norte y del centro de Italia donde el catarismo tiene la mejor acogida. En todas estas regiones, los "Buenos hombres" o las "Buenas Mujeres", Buenos Cristianos o Buenas Cristianas, así como ellos mismos se denominaban (los calificativos de "perfectos" o de "perfectas" serán otorgados por la Iglesia católica), se organizan en comunidades de hombres o de mujeres, constituidas en "casas" según el modelo de la Iglesia primitiva. Varias comunidades cercanas constituyen una iglesia que se vincula a un territorio de predicación o diócesis. A la cabeza de esta diócesis está un obispo, asistido por un Hermano mayor y por un Hermano menor. Unos diáconos velan por los vínculos de cada comunidad con la jerarquía de cada Iglesia.

Cada una de las diócesis es autónoma. En el Languedoc, en vísperas de la Cruzada, se censan cuatro iglesias u obispados: la iglesia de Toulouse, la iglesia de Agen, la iglesia de Albi y la iglesia del Carcasses. En 1226, los "Buenos hombres" crean un quinto obispado, el del Razés, que integra la zona de Limoux y la de las Corbières.

Un cristianismo disidente hasta la herejía.


Las comunidades cátaras no son extrañas a la espiritualidad cristiana dominante en la época. Al contrario, reclaman, a semejanza de otros movimientos religiosos reformadores contemporáneos, un regreso al modelo de la Iglesia de los primeros tiempos del cristianismo. Condenan a la Iglesia romana argumentando que ésta no respeta los ideales de Cristo. Los "Buenos Hombres" y las "Buenas Mujeres" se consideran los auténticos y verdaderos discípulos de los Apóstoles. Como ellos, practican la pobreza absoluta y viven de su trabajo. Interpretan de manera diferente las Sagradas Escrituras, rechazan ciertas creencias y discuten la doctrina de los siete sacramentos fijada por las teologías católicas desde inicios del siglo XII. No veneran la Cruz, instrumento de suplicio de Cristo impuesto por los hombres. Según ellos, Cristo es puro espíritu enviado a la tierra por Dios con el fin de llevar a los hombres el bautismo a través del Espíritu Santo, otorgado por imposición de las manos y transmitido, desde los apóstoles, de cristiano a cristiano. Este bautismo es el único instrumento de Salvación. Para las comunidades de los "Buenos Hombres" y de las "Buenas Mujeres", el mundo material es una ilusión diabólica, una prisión para las almas, a la espera de ser salvadas y pasar así a la eternidad. Predican con el ejemplo la práctica de los preceptos evangélicos referidos en el Nuevo Testamento.

Su moral cristiana, donde no interviene ni la amenaza del Infierno eterno, ni la noción del libre albedrío, los guía por el camino del único "Bien", un "Reino de Dios" que no es "de este mundo".

En Languedoc, durante un tiempo, se acepta mejor a estos cristianos disidentes que en cualquier otro lugar.


Es en el Midi francés donde las comunidades de "Buenos Hombres" y "Buenas Mujeres" conocerán una relativa prosperidad. Desde las riberas del río Garona hasta la orilla mediterránea, y durante una corta Edad de Oro, se beneficiarán del apoyo y sostén de parte de las familias nobles y de la adhesión de varias generaciones de fieles. Con su diferente mensaje cristiano, hecho de proximidad y ejemplaridad, estas comunidades participan, junto con otros agentes sociales, en los designios de una sociedad abierta. Las iglesias cátaras se instalan principalmente en el territorio de tres grandes principados formados por el condado de Toulouse, el vizcondado de Albi, Carcasona y Béziers, y el condado de Foix. Al igual que los trovadores, los "Buenos Hombres" frecuentan las principales cortes señoriales del Midi y predican en los pueblos fortificados entre una población familiarizada con las discusiones teológicas. En competencia directa con la Iglesia católica, las comunidades cátaras se acabarán convirtiendo en algunas regiones del Midi, como el Lauragais, Corbiéres, Cabardes en el corazón de la Montaña Negra, o el Razes, en la Iglesia natural y familiar, la única que aporta una esperanza de Salvación.

Y llegó la época de las inquietudes y las guerras…


La Iglesia católica, impulsada siempre por su preocupación constante por la sistematización de la fe cristiana y la elaboración de un dogmatismo plagado de obligaciones religiosas estrictas, estaba muy inquieta por la propagación de las creencias cátaras. Habituada Roma a la rápida desaparición de las "tentaciones" heréticas, gracias a la sumisión de los poderosos que se hallaban bajo su mirada, no dio tregua hasta erradicar la herejía de los "Buenos Hombres" y las "Buenas Mujeres" del Midi. Pronto los llamó "albigenses" para sembrar la confusión entre los habitantes de las regiones que eran susceptibles de protegerlos. El Papado decidió meter en vereda a los señores feudales meridionales que, sin haber favorecido expresamente la expansión, sí habían permitido que las comunidades cátaras crecieran.

A principios del siglo XIII, los cistercienses enviados a predicar recorren las ciudades y los pueblos de la región de Toulouse y del Carcassès, pero fracasan en su misión. El sistema de predicación, asentado en el diálogo evangélico y pastoral, ejercido muy cerca de las poblaciones del Lauragais -preconizado por el obispo Diego de Osma y el futuro santo Domingo de Guzmán- es demasiado innovador para dar frutos de manera inmediata.

Desde 1209, el papa Inocencio III lanza la primera guerra santa en Europa, la cruzada contra los albigenses. Apunta de forma prioritaria al conde de Toulouse y a la nobleza meridional, más o menos protectora de los herejes. Esta campaña militar, de veinte años de duración, con asedios y batallas campales, tratados diplomáticos y guerras de guerrillas, se convierte en fracaso religioso pero en éxito político ... o en derrota, según se mire.

En 1229, con la intervención del rey de Francia en el conflicto y la rendición del conde de Toulouse, se puso fin a una relativa autonomía y a la torpeza política de los señores meridionales. Pero, a pesar de las terribles hogueras colectivas que se alzaron en los caminos bélicos de la Cruzada, las comunidades cátaras seguían estando bien vivas.

Los procedimientos de la Inquisición consiguen lo que los ejércitos de la Cruzada no lograron…


En 1233, el papa Gregorio IX crea un sistema jurídico penal original: la Inquisición. La confía a las órdenes mendicantes, principalmente dominicanos y franciscanos. Cuando sea necesario, la población meridional deberá comparecer ante los jueces de este nuevo tribunal religioso. Unos años de acciones metódicas, de presión constante por parte de los inquisidores, cada vez mejor organizados, de predicación de las órdenes mendicantes y de profundos cambios de la sociedad medieval meridional merman las redes de fidelidad al catarismo. La rendición de la fortaleza de Montségur en 1244 y la quema de más de doscientos miembros de la comunidad cátara que se habían refugiado en ella, empujan a buen número de "Buenos Hombres", reducidos a la clandestinidad, a huir hacia Lombardía y Cataluña. La Inquisición se percibe como una institución muy eficaz y profesional, que se ensaña meticulosamente durante casi un siglo en hacer desaparecer hasta el más mínimo recuerdo de las creencias cátaras. Quebrando los vínculos sociales, deshaciendo los pactos políticos firmados en conflictos pasados, legitimando con un derecho nuevo la expoliación de los bienes de los señoríos feudales meridionales comprometidos con la herejía y, finalmente, con su desaparición, ésta restaura la unicidad de la religión y del poder. Pero a qué precio ...

El arresto de los "Buenos Hombres" Jacques y Pierre Authier en 1309 pone punto final a la disidencia en el Languedoc. Los registros de la Inquisición mencionan solamente algunos supervivientes heréticos, por ejemplo en las Corbières. El arresto y la quema en 1321 en Villerouge-Termenès de Guilhem Bélibaste, último Buen Hombre conocido, termina casi definitivamente con la triste historia de las comunidades cátaras en el Midi.

La Paz del rey. El tiempo de las fortalezas reales.


La Cruzada conlleva un cambio de estrategia en la organización política del Midi francés. Después de veinte años de guerra, la "paz de la flor de Lis y de la Cruz" firmada en 1229 permite a la Corona francesa acceder al Mediterráneo. Los territorios adquiridos por el rey de Francia, Luis IX, el futuro san Luis, están formados por las senescalías de Beaucaire y Carcasona. Mientras una nueva administración real va ocupando el lugar y unos nuevos señores, antiguos cruzados o no, se implantan en el Midi, las Corbières y los Pirineos están en juego en el trazado de una nueva frontera entre el reino de Francia y la corona de Aragón. Quéribus, la última ciudadela de las Corbières meridionales será conquistada en 1255 ahogando con ello cualquier tentativa de resistencia de recuperar la plaza. La firma del Tratado de Corbeil en 1258 establece, hasta el posterior Tratado de los Pirineos, bajo Luis XIV y la anexión del Rosellón a Francia, los límites de los dos países. Para defender su territorio al sur, el poder real construye o reacondiciona una línea de fortalezas a cual de ellas más impresionante, gobernadas desde Carcasona. Testimonios históricos de un mundo meridional en perpetua transformación económica, social y cultural, son, todavía hoy, los lugares más importantes en la memoria de este territorio: el País Cátaro.

LOS CASTILLOS DEL AUDE PAÍS CÁTARO

Carcasona
. La "Cité" medieval

Propiedad y lugar de residencia de la pujante familia Trencavel durante los siglos XI y XII, la cite (la ciudad) ver cómo su destino da un vuelco durante la cruzada albigense, después del asedio padecido el 1209, el VizcondeRaimundo- Roger Trencavel, fue hecho prisionero por los cruzados, la Cité y los territorios que abarcaba fueron cedidos al nuevo jefe militar de la Cruzada, Simón de Monfort.

Traspasado al rey francés en 1224, por su hijo Amaury de Montfort, que abandonó de esta manera sus derechos y los de su familia sobre el sur francés, el llamado "Midi", Caracasona se convirtió en la cabeza de la expansión del dominio real en el Midi a partir de 1226, aún a pesar del intento -abortado- de Raimundo Trencavel, el Joven, de reconquistar la Cité en 1240. Salvada de la demolición gracias a lamovilización de eruditos carcasoneses tales como Cros-Mairevielle y a la iniciativa de Prosper Mérimée. La Cité se convierte, a mediados del siglo XIX, en una enorme cantera de restauración que el Estado Francés confía al arquitecto Eugenio Viollet-le-Duc. En 1998 la Cité de Carcasona fue reconocida por la Unesco como Patrimonio de la humanidad.

El Castillo de Saissac.

En las vísperas de la Cruzada contra los albigenses Bertrand de Saissac, tutor del joven Trencavel, futuro vizconde de Carcasona, creyente herético es también un protector para los trovadores. En su catillo recibe a Peire Vidal y se sabe que Raimon de Miraval se burlaba de su avaricia. Durante la Cruzada contra los albigenses, Saissac fue tomada y pasó a manos de Bouchard de Marly. En 1231, vuelve a Lambert de Thury, uno de los compañeros de Simón de Montfort; más tarde, a finales del siglo XIII, entra a formar parte del patrimonio de la familia de los Lévis-Mirepoix. El catillo es renovado y reedificado entre los siglos XVI y XVII, para adaptarse a las nuevas tácticas militares. El castillo sufre en 1862, el asalto de cazadores de hipotéticos tesoros que acabarán de degradarlo. Abierto a las visitas, actualmente se encuentra en fase de restauración. Dos salas de exposiciones restauradas hospedan un museo sobre el Tesoro monetario compuesta de 2000 deniers del siglo XIII.

Los castillos de Lastours. La ciudad medieval de Cabaret.

El lugar de Lastours, con su población fortificada de Cabaret, abandonada después de la Cruzada, y sus cuatro castillos, que ocupan la cima de un espolón rocoso que domina los valles del Orbiel y del Grésillou, pertenecen también a la historia del catarismo meridional. Bajo la protección de los señores locales, numerosos heréticos habitaron la población fortificada. Sus ruinas son objeto desde hace más de veinte años de investigaciones arqueológicas. Hacia 1200, la población es frecuentada por el obispo cátaro Pierre Isam. Durante la Cruzada, Cabaret no se rinde hasta 1211. Entre 1223 y 1229, la actividad de los cátaros es de nuevo intensa en Cabaret y, en 1226, esta plaza fuerte resiste vigorosamente a la Cruzada del rey Luís VIII. El episodio se conoce bajo el nombre de “guerra de Limoux y de Cabaret”. Los defensores de Cabaret depusieron las armas en 1229. Fue entonces cuando se inició el desplazamiento del hábitat hacia el emplazamiento actual de la población. Hacia 1238, e lugar es acondicionado por el poder real; se edifican las cuatro fortalezas, siempre presentes sobre el espolón, y se integran a la defensa del sur del reino de Francia. Se accede en lo sucesivo al lugar de Cabaret por la antigua fábrica de paños Rabier, transformada en museo que expone los hallazgos arqueológicos desde la época galo-romana hasta nuestros días.

El castillo de Puilaurens.

El lugar de Puilaurens, un alto pedestal rocoso de 697 metros, está ocupado por un Castillo que, desde al menos el siglo XI, bloquea una de las puertas de las Fenouillèdes (Fenolledas). Es entonces propiedad de la familia Fenouillet. En tiempos de la Cruzada algibense, el castillo pertenecía al linaje de los señores de Saissac, protectores de los cátaros. Se sabe, por los restos encontrados que Puillaurens sirvió de refugio a varios “Buenos Hombres”. Después de la Cruzada, Puillarens se convirtió en un puesto avanzado de vigilancia el reino de Francia. Sufrió diversas modificaciones que lo convirtieron en el arquetipo de fortaleza real del sur del reino francés. En el siglo XV, el castillo rechazó por dos veces consecutivas, los asaltos de las tropas españolas. Después del Tratado de los Pirineos (1659) dejó de tener importancia estratégica y fue definitivamente abandonado durante la Revolución. La población actual de Lapradelle-Puilaurens, situada en el valle, es quizá el resultado del desplazamiento de la población inicial, situada cerca del castillo hasta el siglo XIV.

El Castilo de Puivert. El museo del Quercorb.

En los siglos XI y XII, las casas de Toulouse y de Carcasota-Bèziers alternan el dominio del Quercorb, región de Chalabre y Puivert. En el siglo XII, los Congost, señores de Puivert, son protectores del catarismo. Tomado por los cruzados en 1210, el castillo pasa a ser propiedad de dos señores franceses, de Lambert de Thury, primero, y, más tarde, de pons de Bruyères. Después de la reconquista occitana de 1220, la plaza es liberada por Loup de Foix. A inicios del siglo XIV, se construye un nuevo castillo. Los modillones esculpidos en la sala de los Músicos de la torre del Homenaje nos hablan del refinamiento de su construcción, destinado a funciones de residencia señorial más que de fortaleza.

La población de Puivert alberga el museo del Quercorb dedicado a la artesanía de esta zona. En él, se reconstruye una antigua forja y una cocina rural. En el segundo piso se encuentra un instrumentarium dedicado a la música medieval. Se exhiben también las copias de los modillones esculpidos de la sala de los Músicos y las reproducciones de los ocho instrumentos de música representados en ellos.

El Castillo de Aguilar

Elemento esencial de la defensa de las Corbières, Aguilar fue fortificado ya a finales del siglo XI. Se encontraba entonces bajo la dependencia de los señores de Termes, vasallos de los condes de Carcasota. El destino de este castillo está desde entonces unido a la de esta familia, una de las más hostiles con los Cruzados, antes de que su último representante, Olivier de Termes, se someta al rey de Francia Luis IX para convertirse en uno de sus más fieles caballeros. A partir de 1260, el castillo pasa a integrarse en los dominios reales. Forma parte de la lista de las fortalezas reales destinadas a proteger la frontera sur del reino frente a Aragón. Conquistado dos veces por los españoles en el siglo XV, pierde todo interés estratégico después de la firma del Tratado de los Pirineos.

El Castillo de Termes.

Mencionado por primera vez en 1110, el castillo de Termes fue, hasta inicios del siglo XII, la residencia de una de las más importantes familias señoriales del Midi feudatarias de los condes de Carcasona. El asedio que padeció en 1210 por parte de las tropas de Simón de Montfort lo convirtió en célebre y conocido. Una exposición “1210, la sede del Chateau de Termes” recuerda este episodio. Su rendición, el 23 de noviembre de 1210, después de cuatro meses de un asedio épico, modelo de las técnicas militares de la época, hizo añicos cualquier atisbo de resistencia en las Corbières. El castillo de Raimon de Termes pasará a manos de Alain de Roucy y se convertirá en una de las fortalezas reales que vigilarán la frontera con Aragón. En 1652 Luís XIII ordenará su demolición.

El Castillo de Arques.

En el siglo XII, Arques era una población fortificada bajo la jurisdicción del pujante señorío de Termes. Su suerte cambia después de la Cruzada. En 1231, mientras el poder real se instala en los antiguos dominios de los Trencavel, se entrega el señorío de Arques a Pierre de Voisins, antiguo lugarteniente de Simón de Montfort. A finales del siglo XIII, su hijo Pilles de Voisins, reconstruye la población con forma de bastida, iniciando la construcción del actual castillo. A principios del siglo XIV, la población albergará todavía una pequeña comunidad cátara. En el centro de la misma se encuentra la casa natal de Déodat Roché, erudito y espiritualista que intenta en su obra revivir la idea de un catarismo contemporáneo. Está abierta al público y presenta una exposición permanente sobre el catarismo y sus diferentes maneras de presentar esta disidencia medieval en el transcurso de la Historia.

El Castillo de Villerouge-Termenès.

Las primeras referencias escritas que encontramos sobre Villerouge-Termenès se remontan a principios del siglo XII. Desde 1110 hasta la Revolución, el castillo y la población pertenecen a los poderosos arzobispos de Carbona y son sede de una de las once bailías del Arzobispado. Esta población es el triste escenario histórico de la muerte en la hoguera de Guilhem Bélibaste, el último Buen Hombre conocido. Nacido en Cubiéres, asesinó a un pastor de Villlerouge antes de huir hacia Cataluña. Después de haber sido traicionado y capturado, fue entregado, después de ser procesado, a su señor temporal, el arzobispo de Carbona, Bernard de Farges quien lo mandó quemar vivo en 1321. En el interior del castillo se propone un recorrido para que el visitante descubra la vida de Guilhem Bélibaste y conozca la importancia del señorío de Villerouge-Termenès, incluido en la posesiones de los arzobispos de Carbona en el siglo XIV. Comentarios en el audio, videos, dioramas, riaporamas, maniquís y frescos permiten sumergirse completamente en el mundo de Guilhem Bélibaste y los últimos cátaros. En el ala oeste del castillo, el visitante gourmet o curioso descubrirá el Asador medieval que ofrece platos característicos de la Edad Media.

La fortaleza real de Peyrepertuse.

Desde lo alto de un formidable promontorio, Peyrepertuse vela el sur de las Corbières y la llanura de las Fenolledas sobre la antigua frontera franco-aragonesa. Se menciona una población fortificada por primera vez en ese lugar en 1050. A principios del siglo XII, pasa a estar bajo la soberanía feudal e Barcelona; después, a partir de 1162, bajo la de los reyes de Aragón. Este hecho dejará a Peyrepertuse fuera de la Cruzada hasta la entrada en la misma del rey Pedro II de Aragón. En 1217, Guilhem de Peyrepertuse rinde homenaje a Simón de Montfort antes de rebelarse contra la Iglesia y el rey de Francia entre 1224 y 1229. Peyrepertuse tendrá casi el mismo destino que su vecino Quéribus. Su señor entregará el castillo a Jean de Belmont, el chambelán del rey de Francia, en noviembre de 1240. A partir de 1242, unos gigantescos trabajos convertirán a Peyrepertuse en un elemento esencial del dispositivo de defensa del reino de Francia contra Aragón. La importancia de la construcción, el acertado ensamblaje y lo complicado de los elementos defensivos incorporados por los ingenieros reales lo convierten en un ejemplo notable de arquitectura militar en el Midi de Francia.

El Castillo de Quéribus. La población de Cucugnan.

Dominando las Corbières meridionales, Quéribus no aparece en los textos hasta 1020. Es uno de los mayores castillos de la frontera septentrional del reino de Aragón a partir de 1162. Poco se conoce de sus avatares durante la Cruzada albigense. Gobernado por Chabert de Barbaira, sirve de refugio en algunas ocasiones al “obispo” cátaro del Razès, Benoît de Termes, quien, por otra parte, morirá en ese lugar. Después de la caída de Montsegur en 1244. Quéribus acoge a los últimos rebeldes contra el nuevo orden impuesto por el rey de Francia y la Iglesia. La corona francesa no tolerará esta situación y conminará por la fuerza a Chabert de Barbaira a abandonar la ciudadela en 1255. Convertido en fortaleza real, Quéribus, reacondicionado, será el guardián de la frontera entre los reinos de Francia y Aragón. La población fortificada de Cucugnan reemplaza, a principios del siglo XIII, a los señores de Peyrepertuse. En el transcurso de la Cruzada la familia de Cucugnan brinda una lucha encarnizada contra los cruzados. En 1240, Pierre de Cucugnan ofrece su ayuda a Raimon Trencavel después del sitio de Carcasota. La iglesia de la población actual alberga una estatua de la Virgen encinta del siglo XVI. La entrada del castillo de Quéribus permite además el acceso a un teatro de bolsillo. Se presenta en él un nuevo espectáculo audiovisual dedicado al célebre cuento del cura de Cucugnan. Esta obra, del escritor audés Achille Mir (1822-1901), será reescrita más tarde por Alfonso Daudet.

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turismo religioso

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